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CAPITULO I

ORGANIZACIÓN MILITAR

PARA LA DEFENSA Y SEGURIDAD DE LA PROVINCIA DE CARACAS

Propuesta por la Junta de Guerra, aprobada y mandada a ejecutar por la Suprema, conservadora de los derechos del Sr. D. Fernando VII en Venezuela.

La Junta Gubernativa de Caracas a los habitantes de Venezuela:

La patria va a llamar a algunos de vosotros a su defensa; que su voz sagrada se deje oír por todos los buenos ciudadanos; que el grito de esta patria despierte en todos los corazones el entusiasmo fervoroso con que habéis proclamado vuestra libertad civil y los derechos del señor don Fernando VII, vuestro cautivo monarca. No basta, ciudadanos, haber sacudido las nuevas cadenas con que nos quería oprimir esa regencia insuficiente, erigida sobre las ruinas de la Junta Central. No basta haber arrojado las autoridades empeñadas en hacerla conocer, y en continuar a su sombra las opresiones criminales que han hecho gemir tres siglos al Nuevo Mundo; no basta haber erigido un gobierno provisorio que a pesar de sus desvelos por vuestra felicidad aún es precario e imperfecto, porque no liga los pueblos por una legítima representación nacional; no basta la unidad general de opresiones y sentimientos que os hace descansar en el seno del amor y de la confianza recíproca. Todo esto no es más que el primer paso hacia nuestra felicidad; nosotros no hemos hecho más que remover los obstáculos que impedían la grande obra de nuestra generación; pero ésta aún no se ha perfeccionado. Apenas hemos podido proclamar nuestra libertad civil y el carácter de ciudadanos españoles; apenas hemos podido elevar a la dignidad de patria esta gran congregación de habitantes de Venezuela que antes era el patrimonio del despotismo ministerial de una corte tan distante como corrompida. ¡Grandes cosas por cierto son éstas! Pero la patria aún vacila; las bases del edificio social no están aún bien sentadas: Ciudadanos, aún peligramos. El tiempo, cuya mano consolida todos los proyectos, no ha podido, no sólo fortificar el nuestro, pero ni aún darle forma; poco más de tres meses han transcurrido desde el glorioso día 19 de abril y este espacio, demasiado corto, apenas a bastado para sacarnos del caos y las tinieblas de nuestro antiguo sistema; pero ya ha llegado el momento, la necesidad urge, y el gobierno no puede desentenderse de ella; y puesto que la formación de la constitución política está fuera de sus facultades por depender de la representación nacional que va a formarse, al menos es necesario que proponga y realice los medios de conservar y defender la tranquilidad y seguridad interior del país, y el respeto exterior que le deben por su nueva representación política los países confinantes y las inmediatas colonias extranjeras.

Venezuela tiene por su posición la ventaja de poder ser el depósito de las riquezas de ambos mundos; situada en el centro de la América reúne el continente del Norte con el Sur, y tiene al frente el Archipiélago americano y todos los establecimientos europeos. En su interior, surcada de grandes ríos que la dividen en mil partes, y facilitan su comunicación con la América del Sur; confinante con Santa Fe por medio de unos llanos inmensos; con las posesiones portuguesas e inglesas por la Guayana, y con la provincia de Cartagena por Maracaibo. Todas estas relaciones aumentan los medios de su prosperidad; pero multiplican también sus peligros si por desgracia se interrumpe la paz con los países y colonias inmediatas. ¿Y podremos nosotros responder que esta paz será eterna? ¿Y para conservarla y evitar la guerra, no es preciso tomar un continente denodado y firme que nos haga respetar?

A este efecto, pues, un sistema de organización militar: no aquel sistema horrible de opresión con que los déspotas de la Europa arman una parte de los habitantes para tener en cadenas a la otra, y hace al soldado el satélite de la tiranía y el verdugo de sus conciudadanos. No, lejos de nosotros este sistema destructor, que no profane jamás estos países en que por la primera vez y para siempre, se han proclamado los derechos del hombre y la libertad de los pueblos. El sistema militar que conviene a Venezuela debe nacer de estos mismos derechos y de esta libertad. El ciudadano, sin dejar de serlo, ha de sostener y defender algún tiempo la patria que le da el ser para volver a su hogar con la dulce satisfacción de haber satisfecho un deber tan sagrado; mientras él se ocupa en este ministerio augusto, sus hermanos se emplean en cultivar la tierra para alimentarlo; en forjar las armas con que ha de aterrar al enemigo; y en cambiar las producciones del suelo por la industria extranjera que lo viste y le da comodidades. Después que él ha contribuido algún tiempo con la fuerza pública a mantener y conservar esta agitación saludable que alimenta y da vida a la sociedad, vuelve otra vez al ejercicio pacífico de su profesión, se consagra todo entero a la prosperidad de la patria y deja a otro la gloria de defenderla y la dulce esperanza de ser pronto reemplazado. Esta alternativa fraternal, esta circulación política que une sin contradicción los deberes de soldado y de ciudadano, que no deja al primero tiempo para corromperse, ni al segundo lo distrae de sus ocupaciones privilegiadas, es un vínculo que enlaza la utilidad general con la particular, y hace que la marcha de la sociedad sea tranquila y próspera a la sobra de algunos defensores que interrumpen sus tareas por poco tiempo. ¿Y a vista de este cuadro de unión y prosperidad, habrá algún ciudadano indolente que se niegue a armas su brazo por tres o cuatro años en defensa de la patria? ¿Habrá alguno que le vea con indiferencia, privada de una fuerza pública que la haga respetar? ¿El honor del hombre caraqueño hará tan poco efecto en su alma, que lo deje expuesto a vacilar en los horrores de una anarquía interior, o a ser insultado por los pueblos extraños? No, jamás, jamás se prostituirá así el corazón de un español americano, sus hermanos europeos defienden aún con desesperación una patria moribunda, ¿Qué no deberá él hacer por conservar la nueva patria que ha creado, por defenderlas de las asechanzas del tirano, y de sus partidarios manifiestos, y simulados?

El Gobierno provisional está íntimamente persuadido que estos son los sentimientos de todos los habitantes de Venezuela, porque son los dictan la razón, la justicia y el interés de la patria que guían todas nuestras operaciones actuales, y en esta virtud ha consagrado parte de sus desvelos a la organización de un sistema militar que defienda la patria, y que proteja los diferentes trabajos con que el ciudadano contribuye a su prosperidad.

Con este objeto ha echado una ojeada sobre nuestra antigua constitución; y no ha podido menos de compadecerse o indignarse. Esos infelices cuerpos nacionales, o milicias compuestas de casi todos los agricultores y artesanos de un solo pueblo o jurisdicción, separados casi veinte años de sus campos y talleres, arrancados del seno de su familia, sumergidos en la miseria con la larga interrupción del trabajo, arrojados a climas destructores en donde han perecido y, últimamente, degradados y corrompidos con la ociosidad de los destacamentos y guarniciones. Los cuerpos veteranos, siempre incompletos, mal disciplinados, compuestos, hasta ahora seis años, de reclutas europeos, por lo general criminales extraídos de presidios a quienes por fortuna han destruido sus vicios y la variación del clima, quedando los cuerpos mutilados y en esqueleto, y por consiguiente recargándose las Milicias con un trabajo indebido, que ha retardado el progreso de la población y de la prosperidad general.

Estos males han conmovido vivamente al Gobierno, y para evitarlos ha dispuesto con consulta de la Junta de Guerra establecer un plan militar que combine la necesidad de una fuerza pública con el fomento del Estado, y que destruya radicalmente los vicios de la antigua constitución militar.

Con este objeto ha creado, por ahora, para la guarnición y defensa de la provincia de Caracas tres Batallones Veteranos de cinco compañías; cuatro de fusileros de cien plazas, incluso sargentos, cabos y tambores, y una de granaderos de ochenta, incluso un cabo y seis gastadores; un capellán, un cirujano, un armero, un tambor mayor y los pífanos. Cada compañía estará al mando de un capitán, un teniente y dos subtenientes. Estos tres batallones servirán para guarnecer las plazas de Caracas, La Guaira y Puerto Cabello. Se relevarán de una plaza a otra cada tres años, o cuando se tenga por conveniente. Cada batallón estará al mando de dos jefes, un comandante, con un sargento mayor y su ayudante.

En tiempo de guerra o cuando la necesidad lo exija, podrá aumentarse a cada compañía el número de plazas que se considere preciso, y de la misma suerte en tiempo de paz y tranquilidad se podrá disminuir la fuerza, quedando cada cuerpo en las trescientas plazas que es suficiente para guarnecerlas en épocas pacíficas.

El establecimiento de estos cuerpos libertará a las milicias Nacionales de guarniciones, salidas y destacamentos contrarios a su instituto que no es otro que ser cuerpos de ciudadanos pacíficos, instruidos y dispuestos a ser los primeros que tomen las armas cuando el enemigo se acerca.

Es preciso, pues, que para realizar este plan, todos los ciudadanos jóvenes se disputen a porfía el derecho glorioso de ser los primeros que se consagren a la patria para restablecer este regeneración militar y social; es preciso que al hacer por tres años este sacrificio cívico de su tranquilidad, consideren que esta misma patria lo exige y que de él van a nacer para siempre la paz, la tranquilidad y la abundancia; que bajo su protección las leyes van a ser obedecidas, las propiedades conservadas, la seguridad personal respetada; y que no siendo más que unos ciudadanos armados por poco tiempo, van a ser el freno de ambición y el apoyo a la libertad.

Estos ciudadanos que voluntariamente quieran alistarse en todo el distrito de la provincia de Caracas, se presentarán inmediatamente al juez del pueblo de su residencia, y éste, después de asegurado de su robustez y buena disposición, los admitirá y propondrá todos los recursos para trasladarse a la ciudad de Valencia o Caracas, en donde habrá un oficial, que los recibirá, alistará y remitirá a sus respectivos cuerpos.

De los batallones de Milicias se recibirán también todos los voluntarios que quieran entrar a servir en estos cuerpos veteranos, e inteligencia que tanto éstos como los anteriores no deben ser padres de familia.

Deben también destinarse al servicio de estos cuerpos y malentretenidos; pero es menester que, para evitar errores y arbitrariedades se entiendan por tales, sólo aquellos hombres a quienes su pobreza y desaplicación los hace servir de una carga pesada a sus conciudadanos y a la sociedad en general, y que su holgazanería, promoviendo la de los otros, destruye el espíritu de actividad e industria, fomenta el juego, la embriaguez, el libertinaje y todos los vicios. Por lo mismo, con un hombre ocioso que desatienda sus bienes, pero se mantenga en ellos, no puede el magistrado tomar otra providencia que corregirlo por aquellos vicios que las leyes sujetan su inspección. Al contrario, un malvado, un criminal que las infringe directamente, debe ser castigado con las penas establecidas; y jamás podrá tener entrada por vía de corrección en unos cuerpos que no han de estar compuestos sino de ciudadanos honrados o capaces de serlo, y que van a ser la escuela de la virtud armada de defensa de la patria.

El hacer, pues, de los vagos, considerados en el sentido que se ha dicho, unos ciudadanos útiles a la patria, sería el mayor bien para el fomento de la agricultura y la industria, y para mejorar las costumbres; objetos todos de la mayor importancia en nuestro actual sistema.

Sin embargo, estos medios tal vez no serán suficientes, y como por otra parte el Gobierno debe establecer un método fijo y seguro de proveer a la fuerza pública, que ni dependa de la voluntad precaria del ciudadano, ni de sus vicios, es necesario que se adopte el que la naturaleza y la justicia han dictado en todos los países libres, esto es, una contribución de hombres que cada distrito debe hacer, guardando una proporción exacta con su población. De esta suerte sufrirán todos los pueblos con igualdad la carga de contribuir a la defensa del Estado, los ciudadanos a quienes les toque por suerte venir a cumplir esta deuda sagrada en nombre del suyo, no podrá quejarse jamás ni de su injusticia ni de la parcialidad, el pueblo en cuyo nombre se gloriará de tener parte en la defensa del Estado por medio de alguno de sus hijos; la instrucción militar se difundirá a vuelta de pocos años, y la masa general sabrá los deberes del soldado y ejercerá pacíficamente los del ciudadano.

¿Qué mayor ventaja podrá desear cualquiera, aún prescindiendo de todo motivo de patriotismo, que libertase para siempre del Servicio Militar Veterano con el sacrificio de poco tiempo? ¿Qué cambio puede ser más lucrativo y generoso, que rescatar la tranquilidad de toda su vida con sólo tres años consagrados a la defensa de la patria? Que satisfacción más dulce que la de poderse decir a sí mismo: “Mientras yo velo descansa el pueblo que me ha visto nacer, yo protejo sus trabajos pacíficos y esta tranquilidad dichosa se interrumpe solamente con las bendiciones de que me colma”.

El tiempo del empeño de estos ciudadanos reclutas será sólo de tres años para los voluntarios, y de cuatro para los demás. Cumplido este término se les despachará su licencia absoluta para no volver a servir más en clase de Veteranos a excepción de aquellas épocas extraordinarias y peligrosas a nuestra seguridad en que la patria llama a todos sus hijos a su defensa.

Cada uno de estos ciudadanos será respetado y considerado por los vecinos del pueblo de su residencia; serán atendidos y preferidos en las elecciones públicas que deben hacerse de los empleos municipales o del cabildo; no serán molestados en la instrucción que ha de darse a los cuerpos de Milicias Nacionales, en donde serán considerados únicamente como maestros y modelos: últimamente, todos los que fuesen licenciados sin nota, usarán en la manga un escudo que será el sello de su honrado patriotismo.

Los que descubriesen una grande aplicación y talento para la carrera militar, de manera que pueda formarse en ellos excelentes cabos, sargentos y oficiales, y quisieren voluntariamente continuarla, podrán verificarlo haciendo antes constar el consentimiento de sus padres, parientes, u otras personas de cuya autoridad dependan según nuestras leyes, con tal que estas personas tengan bienes o un ramo importante de industria que fomentar, pues si no se mantienen más que de su trabajo personal, no será preciso este consentimiento, para lo cual se anotará en cada filiación la circunstancia de ser propietarios los padres del recluta, o el oficio que ejercen. En caso de continuar el servicio con estos requisitos optarán los ciudadanos a los premios de constancia, o inválidos con arreglo a ordenanza.

Las vacantes de oficiales y sargentos primeros de estos cuerpos deben reemplazarse por antigüedad en el cuerpo de oficiales, cadetes y sargentos de los tres batallones por una escala general. En esta escala deben incluirse los primeros Ayudantes Veteranos de los cuerpos de Milicias que siempre deberán ser capitanes graduados, a fin de que por su antigüedad ascienden a capitanes efectivos en los Veteranos, saliendo después a la de jefes cuando les corresponda; bien entendido que nadie podrá serlo de ningún cuerpo de Milicias sin haber antes sido por este medio capitanes de algún cuerpo Veterano.

Los ayudantes segundos deben salir de la clase de subalternos de estos mismos cuerpos Veteranos, pudiendo permutar unos con otros, cuando les acomode. De esta suerte tiene ascensos estos Ayudantes, y le es lo mismo que ser subalternos en los cuerpos Veteranos; pues teniendo derecho para permutar recíprocamente, y pasando a capitanes vivos los primeros ayudantes por su antigüedad, todos sirven con la esperanza de ascender en la carrera, como es justo.

Los cadetes de estos cuerpos deben mantenerse siempre todos en la capital, para que estudien el curso de matemáticas y adquiera los demás conocimientos pertenecientes a la carrera militar. Para que se verifique este importante proyecto se establecerá una academia militar bajo la dirección de un oficial de ingenieros en quien se reúnan todas las circunstancias para ser director y maestro de este útil establecimiento. En esta academia se formarán los que hayan de ser oficiales de todos los cuerpos de ejército, por cuya razón los jefes de estos asumirán a sus oficiales y sargentos a que se apliquen a adquirir en ella los conocimientos necesarios en su carrera,

Además de este establecimiento cuidarán los jefes de los cuerpos de formar en sus cuarteles una escuela de primeras letras obligando a los cabos y afirmarlo a los jóvenes de disposición que haya en la tropa a que precisamente aprendan en ella a leer, escribir y contar, sirviendo de una gran recomendación a cualquier oficial o sargento el encargarse de esta escuela.

El uniforme de estos cuerpos será chupa o casaca corta de paño azul, vuelta con punta prolongada sobre la parte superior del brazo y cuello alto encarnados, solapa y vivos anteados, botón y cabos dorados; sombrero redondo con una ala apuntada y sujeta airosamente con la presilla y escarapela; chupín y pantalón blanco, botín negro de paño. Estos batallones estarán siempre prontos a marchar, por consiguiente nunca debe pasar el vestuario de soldado de tres prendas. La tropa se acostumbrará a llevar siempre su mochila al hombro en las marchas, revistas y ejercicios. Esta mochila debe ser de una piel que preserve la ropa de la humedad aun cuando llueva. Nunca marchará la tropa sino a pié y con la unión y forma establecida en la ordenanza.

Cuando lleguen a reunirse estos tres cuerpos porque así conviniese, formarán entonces un Regimiento y, en este caso, el comandante más antiguo hará funciones de coronel, el segundo las de teniente coronel y el tercero las de comandante de batallón. Cada sargento mayor subsistirá en el suyo, manejándose con independencia en sus fondos o intereses.

El reglamento para el gobierno económico de estos cuerpos y el método de su distribución y ajustes, que será muy diferente y mucho más simplificado que el que antes se practicaba, se formará inmediatamente.

En las tres plazas de Caracas, Puerto Cabello y La Guaira se creará el empleo de sargento mayor de Plaza con su ayudante, a fin de que se haga el servicio con la exactitud prescripta en la ordenanza. El sueldo de estos sargentos mayores será el mismo que el de los cuerpos, sin otra gratificación, y el de los ayudantes del mismo modo.

Igualmente habrá un oficial comandante de ingenieros con su ayudante que debe ser un subalterno, y otro igual de artillería también con su ayudante; y una compañía o destacamento de cincuenta artilleros veteranos con sus tres oficiales, además de los de milicias que serán restablecidos.

Tal es el plan militar que la Junta de Caracas cree debe adoptarse en el departamento de Venezuela, con solo la modificación natural que cada provincia ha de hacer con respecto al número de tropas, y puestos que deben guarnecer, sobre los que la Juntas respectivas darán sus informes para caminar de acuerdo en una reforma tan importante. ¡Ojalá que ella sea capaz, como lo deseamos, de destruir la horrible diferencia que el despotismo había introducido entre el ciudadano y el soldado; ojalá que ella pueda restituir a éste sus primitivos derechos, perdidos por el abuso que todos los gobiernos han hecho de su ministerio, y que él no sea otra cosa que el defensor de la patria, el apoyo de la libertad y el terror de la ambición!

Soldados que habéis servido hasta este momento; ciudadanos que vais a ser soldados: no olvidéis jamás las máximas sobre que se funda la nueva constitución militar; aborreced, mirad como un enemigo de la patria y de vuestro propio honor al que os infunda ideas de orgullo y preponderancia respecto a los demás habitantes pacíficos; el soldado que las adopta no está distante de renunciar a la calidad augusta de ciudadano, de quebrantar el vínculo social y de hacerse un ente venal, dispuesto a entregarse al primero que quiera valerse de él para oprimir a sus hermanos. Bórrense para siempre estas ideas antisociales; aspiremos al honor de purgar la constitución militar de los vicios que la degradan en otros países, y que el departamento de Venezuela sea el primero que en este siglo presente a los ojos del universo un cuerpo de ciudadanos valerosos y dignos de defender la justa causa que hemos proclamado en Caracas.

(Se publicó en la Imprenta de Gllangher y Lamb, 1810, folleto de 12 páginas numeradas 23,5 X 14 centímetros)