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CAPITULO II

CAPITULO II

VENEZUELA EN EL MUNDO ACTUAL

PARTE 1

EL ESPACIO GEOGRÁFICO Y EL PENSAMIENTO MILITAR VENEZOLANO

Los Cambios en el Código Geopolítico Venezolano.

El territorio nacional constituye hoy en día el centro de una región geoestratégica. Un espacio donde se materializan las contradicciones políticas presentes en el sistema internacional. Positivamente, en el hemisferio occidental, es en Venezuela donde se está concentrando el dilema que enfrenta la unipolaridad con la multipolaridad y su correlato, la multilateralidad. Desde la perspectiva filosófica es un área de confrontación entre las ideas del humanismo con las ideas darwinianas de la selección natural y la jerarquización del orden social. Sin embargo, hay que admitir que se trata sólo de un escenario secundario, puesto que el conflicto principal se está produciendo en el espacio euroasiático y, particularmente, en el Medio Oriente y el Asia Central. No es esta situación una acción deliberada. En el hemisferio no se ha desarrollado ningún centro de poder que rivalice con el potencial que actualmente exhibe los Estados Unidos de América después del derrumbe de la bipolaridad que de alguna manera mantuvo el balance geoestratégico en el ámbito mundial. Es en ese espacio de Eurasia donde están radicados los poderes tradicionalmente competitivos con la potencia del norte de América (Unión Europea y Federación Rusa) y los emergentes (China e India) que hoy se presentan como sus rivales potenciales en el futuro mediato.

Nuestro territorio interpretado sabiamente por los autores del documento presentado en el Capitulo anterior como un “puente” que une el mundo de occidente con el mundo oriental y la porción norte del hemisferio con el subcontinente del sur perdió, durante el Siglo XX, su valor semántico. La transformación del país de un espacio uniformemente ocupado, dado el carácter agrícola de su economía, en un espacio polarizado alrededor de la actividad minero-industrial-petrolera que le dio otra lectura, tanto a los venezolanos como al resto de la humanidad sobre el simbolismo del territorio nacional. Este espacio pasó a ser estimado por propios y extraños como una fuente de energía para alimentar la producción industrial típica de la modernidad. En concreto se dejó de ser “puente” para pasar a ser “reservorio” de energía del mundo industrializado. Un hecho que estableció una relación de interdependencia asimétrica con los consumidores que fracturó los vínculos particularmente con el subcontinente suramericano y las potenciales relaciones con Asia. Pero aparte de este impacto en nuestra inserción en el sistema internacional, este cambio tuvo un efecto dramático sobre la organización territorial del país. Alrededor de los polos minero-industriales establecidos para la explotación petrolera, se formaron enclaves de desarrollo secundario dependientes cultural y tecnológicamente de los centros industriales donde ha venido ocurriendo el desarrollo primario con una economía de acumulación, rodeados de unas periferias con economías tradicionales que ocupan el espacio al norte del eje Orinoco – Apure con marcados signos de pobreza; y, un espacio residual situado al sur de ese eje prácticamente desconectado del ecúmene del Estado (Un espacio interconectado donde se realizan las interacciones psicológicas, económicas, políticas y sociales que permiten la integración del país). Una circunstancia que implica no sólo la existencia de un vacío de poder, sino la ausencia de una frontera que vincule este territorio con el de los Estados con los cuales tenemos régimen de vecindad.

Integración Espacial Virtual y sus Efectos.

La solución de la situación asimétrica arriba mencionada tendió a buscarse mediante la asociación con los países periféricos que compartían con el territorio nacional la condición de “reservorios” energéticos del mundo industrializado. Una integración espacial virtual (discontinua) que efectivamente, al menos en el ámbito económico–financiero, colocó el espacio integrado y sus gobiernos asociados como un centro de poder mundial. De alguna manera en estas circunstancias el país empezó a recuperar la condición de “puente” que expresaba nuestro código geopolítico. Ciertamente, esta asociación permitió la conexión de oriente con el occidente y dio inicio al reestablecimiento del enlace entre la América Meridional y la Septentrional. El establecimiento de ese nuevo espacio virtual facilitó el inicio de un proceso de integración geográfica que asociaría los espacios del hemisferio sur del planeta. Se planteaba así una distribución geoespacial dual, a escala planetaria, que colocaba en el hemisferio norte el área más desarrollada con economías de acumulación, mientras en el sur se ubicaba la zona de economías tradicionales de limitado desarrollo socioeconómico. Un dualismo de profundo significado geoestratégico, pues sería fuente para la generación del típico conflicto centro-periferia.

Este proceso facilitó la aceleración de una dinámica de integración de la región Latinoamericana y Caribeña materializada en la configuración del Sistema Económico Latinoamericano (SELA). Es este hecho la reanudación de un movimiento que formó parte de la gesta independentista, con un momento cumbre en el Congreso Anfictiónico de Panamá (1826) congregado por iniciativa del Presidente de Colombia (La Grande) El Libertador Simón Bolívar. Previamente a este momento, en la década de los cuarenta del Siglo XX, se había desarrollado una tendencia hacia la integración geoestratégica de los espacios llanos de la fosa amazónica ocupados por Argentina y Brasil y los países “amortiguadores” de Paraguay y Uruguay. Se trató de un esfuerzo interpretado como amenazante para los Estados Unidos de América en un momento en el cual este país estaba comprometido en la Segunda Guerra Mundial. Muchos pensadores militares y geopolíticos de la época consideraron tal desarrollo como el inicio de la generación de un centro de poder significativo a escala internacional en esta región del mundo. Una inclinación que reaparece a finales de la década de los ochenta de la pasada centuria con la activación de MERCOSUR. La asociación que aspira integrar los espacios de la subregión sudamericana conocida como Cono Sur. A ese movimiento se han asociado Chile y Venezuela configurando la base para la unificación espacial de la región meridional de América dentro de la figura de la Comunidad de Naciones Sudamericanas. Desde luego, la agregación de este enorme espacio en una unidad, con sus recursos y población, implica su valoración en el panorama geoestratégico mundial como una de las áreas de mayor importancia en el planeta. Un hecho que rompería el balance estratégico actual que tiende a lograrse a través de la asociación entre el espacio europeo y el espacio asiático que compensa el descomunal poder acumulado en el norte de América.

En este contexto se convierte en la actualidad (desde el 2001 hasta el presente) el espacio de integración de MERCOSUR, en una región geoestratégica de la cual forma parte, como se dijo al inicio de este capítulo, Venezuela. Un país que por su situación geovial (su carácter de “puente”) y por su condición de productor energético, adquiere un valor geopolítico relevante. Indudablemente la desestabilización del Estado Venezolano causaría perturbaciones tensivas que pondrían en serio riesgo el futuro del proceso integrador. Es eso lo que transforma a nuestro territorio en un escenario de conflicto. Un campo de acción donde convergen las fuerzas que representan los distintos intereses presentes en la política internacional actual. Desde luego, en este Teatro de Guerra, las potencias euroasiáticas rivales de la hiperpotencia norteamericana, tienden a alinearse con la postura venezolana colocada alrededor de la multipolaridad frente a la unipolaridad sostenida por el gobierno de Washington. Hay en esta interacción, una acción militar ofensiva, dentro de la concepción de las llamadas “guerras de cuarta generación” que se expresa a través de una praxis conocida como “estrategia de contención”. Una línea de acción, aplicada durante la guerra fría, que se manifiesta por un cerco de bases militares en la periferia de la región geoestratégica en donde están los centros de poder emergentes. Fue de esta manera como se neutralizó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que integraba la geografía de lo que, en la vieja concepción geopolítica determinística, se consideró como “el pivote del mundo”. De allí el intento de controlar la región andina, a través del conocido PLAN COLOMBIA, para complementar el cerco ya establecido mediante el dominio de la Cuenca del Caribe con el correspondiente establecimiento de bases militares avanzadas en la subregión Centroamericana y las Antillas.

PARTE 2

LA HISTORIA Y EL PENSAMIENTO MILITAR VENEZOLANO

La Crisis Histórica Actual de la Humanidad.

La realidad actual del sociosistema lo coloca en una situación que el filósofo español José Ortega y Gasset califica como “crisis histórica”. Es un momento en el movimiento de cambio de la humanidad en el cual los valores y las relaciones que estos generaron pierden su significado sin que se encuentren sustitutos que permitan delinear una nueva estructura que ordene la vida del hombre en el planeta. Como en anteriores circunstancias han sido los avances en el campo del conocimiento, con el correspondiente desarrollo de nuevas tecnologías, lo que perturbó significativamente desde principios del Siglo XX, el orden mundial. Indudablemente el desarrollo de la física quántica, que implicó la implantación de un nuevo paradigma científico, ocasionó una revolución de similares consecuencias a las que tuvo la revolución científica del Renacimiento Europeo. Si éste desarrolló la mecánica con la consiguiente aparición de las máquinas, la nueva revolución generó la tecnología digital, la informática y la genética, que le han dado al hombre un control casi absoluto sobre toda forma de vida. Las técnicas derivadas de estas tecnologías han originado transformaciones profundas en la política, en la economía, en la ética y en la religión que han desestabilizado no solamente el sociosistema, sino también el sistema ecológico, base de la vida humana. Es tal el desbalance que se ha producido que la brecha existente en el Siglo XVIII entre países ricos y pobres que era equivalente a cinco veces sus ingresos, para el año 2000 alcanzó a trescientas noventa veces. La población mundial en el año 1800 estimada en 1.000 millones, pasó en el año 2000 a 6.000 millones. Y se han duplicado las expectativas de vida que pasaron de treinta años para 1800, a sesenta y cinco años para el año 2000. Desde luego, todo con un impacto negativo en los recursos renovables y no renovables que ofrece el ecosistema.

La Crisis Histórica y la Revolución Bolivariana de Venezuela.

En esta coyuntura de incertidumbre se origina en Venezuela, en 1992, la Revolución Bolivariana, que lleva al control del poder público a los sectores indómitos que resistían activa o pasivamente el esquema de dominación ejercido directamente por los miembros de los enclaves de desarrollo secundario, agregados en la llamada “sociedad civil” e indirectamente por la élite globalizada que domina la política internacional (unos 1.000 millones de personas, que configuran lo conocido como “economías intervinculadas”). Este movimiento expresa a lo interno del país una aspiración del sistema político nacional de recuperación de su equilibrio, perturbado severamente durante la década de los setenta por la crisis petrolera internacional. Refleja el viejo dilema que mueve la historia en el cual a la fuerza de la inercia que tiende a mantener las estructuras, se le enfrenta el deseo de diferenciación del estado existente materializado en un nuevo estado. En cierta forma, la dinámica generada ha permitido un renacimiento del pensamiento humanista renovador contenido en el ideal independentista, que está enfrentando a las fuerzas conservadoras nacionales e internacionales con su orientación darwinista. Se contrapone a la visión simplista de la universalización de una cultura única con la óptica compleja del pluralismo cultural que respeta la riqueza de la variedad. En el plano netamente estratégico la actual situación venezolana ha establecido una relación dialéctica entre el poder concentrado en los actores políticos dominantes y el poder difuso distribuido en las organizaciones sociales populares, nacionales y transnacionales. Es una interacción que se realiza dentro del marco de las ya mencionadas “guerras de cuarta generación”.

Esta nueva concepción de la confrontación militar, resultado de la crisis histórica en la cual se vive, reemplaza casi totalmente las viejas nociones de la acción bélica, específicamente las ideas que informan sobre esta conducta en la era moderna. En esta etapa histórica –la modernidad- la lógica de la guerra, utilizando la máquina como herramienta fundamental para su realización, conducía a tres categorías de acciones: la destinada a la destrucción o neutralización de las fuerzas militares enemigas; la ocupación del territorio del adversario; y, la acción política de la imposición de la voluntad del vencedor sobre el vencido a través de la capitulación. Correspondía este proceso, a una acción social en la cual era posible diferenciar los combatientes militares de los civiles no combatientes y el espacio del Teatro de Operaciones, donde se realizaban los encuentros y la batalla, de los espacios dedicados a la actividad civil. Se trataba de un juego con reglas establecidas expresadas por el derecho a la guerra y el derecho en la guerra, integrantes del cuerpo de normas que regulan las relaciones entre los estados y conforman el derecho internacional público. Esas ideas fueron las que orientaron el Pensamiento Militar venezolano, en particular, y en general la filosofía de la guerra a escala global. Se incluía dentro de las operaciones militares tanto las acciones llamadas convencionales como aquellas denominadas irregulares, siempre que ellas estuviesen dirigidas contra los combatientes enemigos. Las acciones realizadas contra objetivos civiles, constituían actos de “lessa humanidad” y eran por lo menos objeto de sanciones morales. La Segunda Guerra Mundial sentó el precedente de la sanción judicial a quienes aplicaban el terrorismo bélico, término con el cual se designó los actos inhumanos realizados contra la población civil e incluso, contra los combatientes heridos o capturados. De manera general, aún con los horrores implícitos en el uso de la violencia, las guerras que preceden la actual contenían elementos fundamentales del pensamiento humanista.

El Pensamiento Humanista y el Efecto del Positivismo en la Metaestrategia Nacional.

Este pensamiento humanista que orientó la acción militar venezolana, incluyendo las realizadas en el marco de las confrontaciones civiles internas, sufrió una muy importante variación a principios del Siglo XX, con el advenimiento de lo que ha sido conocido como la hegemonía andina. De una concepción que reflejaba la idea de la movilización en masa, muy claramente señalada en el documento transcrito en el Capítulo I de esta obra, en la cual era obligación de todo ciudadano el participar en la función de defensa estratégica del Estado, que incluía “el tomar banderas” en las contiendas internas según la conciencia individual, se pasó a la conformación de un estamento militar profesionalizado a quien se la adjudicó el señorío de las actividades de defensa. Esto a pesar de que los instrumentos legales que se promulgaron durante ese lapso, mantenían las disposiciones que regulaban la organización de las reservas militares que hacían práctica la participación ciudadana en la defensa militar del Estado. De hecho, las milicias que tradicionalmente se conformaban dentro de las jurisdicciones de los estados que constituían la Federación, desaparecieron de la organización militar de la República.

Esta tradición histórica y constitucional, cambió como consecuencia del Imperio del pensamiento positivista en la orientación del régimen andino (1899-1945). Dentro de esta aproximación filosófica, por cierto con algún contenido racista, el valor fundamental de la acción pública del gobierno del Estado era el progreso, en términos concretos identificado con la industrialización, dependiente del orden tanto en el entorno interno como en el ámbito internacional. De allí que para esta última finalidad, se consideraba a las Fuerzas Armadas, dirigida por una élite profesional, parte de una ilustrada que le correspondía el gobierno de la nación, como responsable del logro del orden interno y la seguridad de las fronteras como condiciones indispensables para el progreso de la comunidad política. No es de extrañar entonces, que las primeras decisiones en el terreno de la defensa militar del país, estuviesen dirigidas a neutralizar las fuerzas irregulares indómitas, que competían por el logro del poder a escala regional o nacional y a organizar un centro académico de formación de Oficiales destinados a configurar esa élite militar. Esta última decisión contravenía la tradición implantada desde la época colonial cuando la formación académica del cuerpo de oficiales se realizaba en la Real y Pontificia Universidad de Caracas o en los cuerpos de milicias criollas o pardas que constituían las fuerzas locales que complementaban el Ejército Español. Además, como parte de esa política, el problema de la delimitación del territorio fue central como componente del aseguramiento de la estabilidad de las fronteras. Este pensamiento positivista fue mantenido invariable durante todo el Siglo XX, hasta el momento actual cuando la situación existente en el sistema internacional obliga a su revisión. Durante ese largo período se mantuvo la situación estamental del sector militar de la sociedad venezolana con los privilegios positivos en la consideración social, fundados en su modo de vida y, en consecuencia, en maneras formales de educación y en prestigio profesional. Durante el fenecido régimen “puntofijista”, en el reparto de poder que se realizó entre las cúpulas de los partidos y los sectores sociales venezolanos, se mantuvo esta orientación al adjudicarle al estamento militar el señorío sobre los asuntos fronterizos, el propio equipamiento, la administración financiera y de recursos humanos de la Institución.

La Guerra como Parte Integral de la Política.

No obstante, no se puede considerar la guerra como un fenómeno aislado dentro del esquema simple amigo-enemigo en el cual se suele analizar. Incluso el autor mencionado como paradigmático en el análisis de la guerra moderna, a pesar de vincularla con la política, y de alguna manera con la economía al desarrollar la idea de la logística, no abarca la complejidad del conflicto humano y en particular, la de los conflictos intersocietales –conflictos entre formaciones sociales-. En ese particular, referidos a nuestra propia historia militar, las acciones bélicas desarrolladas principalmente a lo largo del Siglo XIX, reflejaban variadas contradicciones presentes en la sociedad venezolana, cuya consideración es necesaria, no solamente para conocerlos sino para tener bases para la realización de proyecciones prospectivas. Desde la guerra de independencia hasta la actual confrontación, han actuado, con peso variable, distintas fuerzas que expresan las ideas y los intereses de factores internos o externos de poder. No se puede hablar por ejemplo, de la gesta emancipadora como un enfrentamiento simple entre la nación venezolana y el Imperio Español, aún cuando fueron estos factores los que dominaron políticamente su desarrollo. Una circunstancia que es la que permite identificar la coyuntura. En ella, estuvieron presentes conflictos centro-periferia, que enfrentaban las provincias con la capital, donde se tendía a concentrar el poder desde el establecimiento de la Capitanía General en 1777. También allí, subyacían conflictos étnicos derivados de la extrema acumulación, producto de un orden estamental, con componentes raciales, que separaban las corporaciones con privilegios positivos de aquellas negativamente privilegiadas. Tampoco estuvieron ausentes los diferendos entre sectores conservadores, que pretendían mantener la estructura estamental original, en contra de los que favorecían una estructura de clases que correspondía a la modernidad. Esto sin faltar las diferencias religiosas entre los fundamentalistas católicos y los partidarios de la sociedad laica. Lógicamente, la injerencia externa, motivada por las aspiraciones de las grandes potencias, por la primacía o la hegemonía mundial, fue evidente. Particularmente la participación de la Gran Bretaña, formaba parte de la aspiración imperial de este centro de poder, que lograda la victoria por la causa liberadora, pasó a tutorear el régimen político, dentro del esquema neocolonial. Una configuración donde el dominio del terreno perdía significado, para que el control de los mercados lo ganaran. En ese marco, perdieron valor las acciones de las guerras terrestres, en favor de la guerra naval.

El tipo de consideración anterior se podría hacer para todas las campañas militares que se desarrollaron en nuestro pasado. Por ejemplo, en la guerra federal (1859-1863) lo notorio era el enfrentamiento de clases, pues ya se había realizado un desarrollo urbano y las propiedades rurales habían introducido herramientas y tecnologías que alteraban su carácter tradicional. Pero allí, en esa confrontación, estaban presentes la mayoría de las contradicciones que se mencionaron en el párrafo anterior, incluyendo la injerencia externa, en este caso particular, la de Francia. Esta complejidad plantea aún hoy en día, problemas políticos que eventualmente originan situaciones de crisis, incluso cuando el Estado enfrenta enemigos externos. Y ella tiene un particular impacto en los esquemas organizativos de las sociedades orientados hacia su defensa estratégica. Son variables que afectan la unidad y la coherencia de las fuerzas castrenses, llegando hasta su división y la materialización de la guerra civil. La respuesta a este problema en la modernidad, ha sido la creación del sentimiento de lo que se conoce como “patriotismo republicano”. Una idea no vinculada a las nociones clásicas de patria común y patria propia, sino derivada de la noción de “patriotismo constitucional”, acuñada por los enciclopedistas y en concreto por Juan Jacobo Rousseau y Voltaire. Ese es un concepto que se fundamenta en la imagen del contrato social (constitución), mediante el cual los ciudadanos por nacimiento o naturalización, ocupan un territorio (la patria) para su disfrute, con el cual tienen una relación de interdependencia. Es sobre esa idea, que se pudo conformar el Ejército Libertador que actuó de manera coherente y unificada en la guerra de liberación.

El Paréntesis del Burocratismo Autoritario.

En ese largo período del Siglo XX, donde imperaron las ideas del positivismo, con su noción de casta en el ambiente militar, hubo un paréntesis en el cual se intentó regresar al pensamiento sobre la guerra, del humanismo, desarrollado durante la Revolución Francesa, por el matemático y revolucionario Lázaro Carnot. Una filosofía, que se sustenta justamente en la idea del patriotismo republicano y que colocaba la defensa militar del Estado, en manos de sus ciudadanos, tal como se describe en el documento transcrito en el Capitulo I de esta obra. Ese intérvalo, se llenó con el proyecto conocido como el “Nuevo Ideal Nacional”, que en lo militar preveía la complejidad para lo cual reducía significativamente el tamaño de las fuerzas activas, únicamente para su empleo como fuerza de reacción inmediata, dejando la estructuración masiva de las fuerzas militares a cargo de las reservas. Una decisión que le ponía fin al pretorianismo militar, donde el componente de la defensa asumía la protección del régimen de gobierno o de la clase dominante y no del Estado. Más aún, entendiéndose que el esfuerzo militar para la defensa, demandaba de una capacidad industrial básica, concibió un desarrollo manufacturero de utilidad para el crecimiento de la economía, con una aplicación tangencial para la generación de una industria bélica, que le proporcionara autonomía estratégica a la nación. A la par que, paralelamente impulsaba la investigación científica en campos de punta, como el nuclear, para lograr generar una capacidad disuasiva. Sin embargo, aún cuando la acción inspirada por este pensamiento se interrumpió, él persistió en la mente de muchos intelectuales, académicos y militares venezolanos, reforzada por su aplicación exitosa, años después en Francia y actualmente en la contemporaneidad por los centros de poder más significativos del sistema internacional.

PARTE 3

DEBATE ACTUAL SOBRE EL TEMA MILITAR EN VENEZUELA

Los Nuevos Enemigos Virtuales: el Terrorismo y el Narcotráfico.

Dentro de la coyuntura nacional e internacional, se está desarrollando un nuevo pensamiento militar entre los factores de poder dominantes (quienes controlan las economías intervinculadas) a escala global. Es una lógica en la cual se modifica hasta la idea del enemigo. Ya no se trata de un centro de poder adversario, ni siquiera de un gobierno rival, sino de un ente no especificado que usa sus capacidades irregulares para buscar objetivos políticos. “El terrorismo”, “el narcotráfico” o una combinación de ambas abstracciones, son los que se identifican actualmente como enemigos dentro de ese nuevo concepto del acto bélico. En ese contexto, el combate a ese adversario pone en marcha “la máquina de guerra del estado”, con capital constante (medios y equipos) y capital humano variable. Se trata así, de enfrentar un oponente no diferenciado que actúa de una manera no convencional, sobre blancos y objetivos no militares. Es decir, sobre un contrario que usa el chantaje y la extorsión como forma de acción. Según esta aproximación, esas acciones del ente abstracto están dirigidas más hacía la obtención de efectos psicológicos, que hacía la destrucción o neutralización de la fuerza militar antagónica. Se trata, de anular la capacidad de defensa de las sociedades organizadas, al intentar quebrantar su voluntad para resistir. Por ello, la “máquina de guerra del estado”, debe buscar causar el mismo efecto especialmente sobre aquellos “estados forajidos” que ayudan, apoyan o permiten las acciones de este particular tipo de beligerante, que por “naturaleza” no observa las reglas de la guerra. Por esa circunstancia, los defensores del orden, representados por los “estados democráticos” (unas comunidades políticas a las cuales el poder hegemónico les atribuye discrecionalmente el atributo de reunir las condiciones que tipifican los regímenes democráticos) se abrogan el “derecho de preferencia” (preención[1]) para atacar otro Estado que tenga la posibilidad futura de constituirse en una amenaza para el orden internacional. Desde luego, la aplicación de esta idea es totalmente contraria al derecho a la guerra reconocido por la Carta de la Organización de las Naciones Unidas.

La aplicación de esta concepción es una de las razones que han desatado el debate en Venezuela sobre el tema militar. En efecto, desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, en New York y Washington, nuestro país ha sido sistemáticamente sometido a un despliegue informativo por parte de los sectores internacionales y nacionales “democráticos”, mediante el cual se pretende presentar al Gobierno como protector de movimientos terroristas con campos de acción en el área andina, especial y particularmente en Colombia. Por supuesto, esta acción ha tenido respuesta del Poder Público. Y es, justamente la interacción entre los dos factores lo que ha configurado la polémica. Se discute sobre el derecho a la intervención directa de las grandes potencias, unilateralmente o asociadas en alianzas “ad hoc”, al margen de las instituciones de orden supranacionales, sobre países miembros de la comunidad internacional que a su juicio sean considerados en la categoría de “estados forajidos”, y el derecho, internacionalmente reconocido, de los estados soberanos de defenderse frente a amenazas o ataques externos, usando el poder y la estrategia que mejor se acomodase a la naturaleza de la agresión. En la realidad ésta discusión no se ha circunscrito al ámbito doméstico venezolano. No forma parte de un diálogo político destinado a resolver los problemas internos del país. Ella se ha materializado básicamente en los medios de comunicación nacionales e internacionales, en los foros supranacionales, particularmente en la OEA; en el marco de la diplomacia pública ejercida por los voceros oficiales de distintos gobiernos, en cumbres multilaterales y bilaterales; y en general, dentro de todos los ambientes donde sea posible la movilización integral de partidarios de ambas posiciones. Por ello, la cuestión no puede considerarse como parte de una negociación explícita en el marco de la política. Tiene que estimarse como un planteamiento dentro de una negociación tácita propia de la estrategia. No se intenta persuadir ni convencer, sino se busca imponer. Se podría afirmar que corresponde al inicio de una escalada, justamente dentro de esta nueva concepción de la guerra, en donde, por una parte se intenta colocar al Estado Venezolano como una comunidad política forajida; y, por la otra, se pretende mantener los rasgos y características que definen al Estado en el marco del derecho internacional público y de nuestra Constitución, que establece la vinculación entre los venezolanos y el territorio nacional en el contexto de la visión del “patriotismo republicano”.

El 11 de Septiembre de 2001 y su Efecto en el Orden Internacional.

Ese debate no está restringido al caso venezolano exclusivamente. Después de la invasión a Irak (2003), la polémica se globalizó planteándose en términos que contraponen la vigencia del derecho internacional público, y en particular, del derecho a la guerra, con la legitimidad de la acción unilateral dentro del ejercicio del “derecho de preferencia”. Con esos parámetros se desarrolla ahora la dinámica de la política internacional, dentro de la cual la oligarquía supranacional expresada en el “Grupo de los Siete (EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Japón y Canadá) más uno (Rusia)”, se fracturó. Una división que posiblemente ha obedecido a la amenaza de una pérdida de poder de gran parte de sus integrantes, ante la acumulación de medios en el Estado norteamericano. Una comunidad política tutoreada por los grandes actores transnacionales que dominan las economías intervinculadas. En la práctica, lo que está ocurriendo políticamente a escala mundial, es la implantación de un régimen imperial como “responsable” del mantenimiento del orden internacional. “Una estructura desterritorializada sin límites espaciales ni temporales, soporte de una red globalizada de instancias y actores productivos que impone un orden mundial, en el que se instalan y conviven todos los poderes y todas las relaciones de poder existentes en este momento histórico” (Negri, Antonio; Hardt, Michael, Empire, Boston, Harvard University Press, 2000). Un modelo de régimen político global cuya razón de ser depende de su capacidad para mantener la convivencia entre esas instancias y actores; en otras palabras, resolver o neutralizar los conflictos entre ellos. La tesis central de esta hipótesis, es que el orden social en todos sus niveles es el resultado “natural” de la dinámica del mercado donde el Estado y la política, con sus planteamientos ideológicos, son formas de dominación de los pueblos.

Esta tesis, en lo estrictamente militar, sostiene un punto de vista en el cual la acción bélica es básicamente realizada entre un antagonista, con medios y organización convencionales, ante otro, con instrumentos y estructuras irregulares. Y, en todo caso, cuando se trata de neutralizar “estados forajidos”, confrontar un actor militar con ingenios bélicos avanzados, frente a otro con armas y equipos clásicos. En resumen, esto corresponde al histórico concepto de la guerra asimétrica, una noción ya utilizada incluso en la era prehistórica, en la cual se emplean a nivel táctico cualquier tipo de instrumento disponible dentro de diversas concepciones de empleo. Esto, trasladado al ámbito de la estrategia, confronta una praxis sustentada en la concentración de poder, que supone una aproximación en líneas convergentes, con otra, apoyada en la dispersión del poder en líneas divergentes. La primera, pretende forzar al adversario a agruparse, para combatir el poder acumulado en posesión de puntos críticos en donde estaría en posición de ventaja, mientras la segunda intenta obligar al antagonista a dividir sus fuerzas, para abatirlas por partes en los puntos y momentos en los cuales obtenga un poder relativo de combate favorable. Más aún, en la contemporaneidad esta última formulación estratégica sustrae la acción militar de la dimensión espacio, para colocarla primordialmente en la dimensión tiempo (la guerra prolongada). La maniobra se hace en el tiempo y no en el espacio.

La Dialéctica actual Venezolana.

En la polémica desatada, al colocarla en el terreno concreto de la realidad venezolana, lo que se está discutiendo es, si se acepta la tesis del Imperio o se formula nuestra propia hipótesis sobre la base de la vigencia de la noción del Estado soberano. Por lo tanto, lo que está en discusión en el campo de lo militar, es si el aparato de defensa de la nación venezolana, forma parte de la “máquina de guerra” del estado universal, tal como lo hizo hasta el presente en el marco del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca” (TIAR) o, si nuestra estructura militar estaría orientada hacia la defensa del Estado y sus atributos en el contexto del derecho internacional hasta ahora vigente. La posición constitucional y legítima se inclina por la segunda opción, advirtiéndose, que la primera no responde a ningún contrato social ni a ningún tratado internacional. Es una manifestación de hecho y no de derecho, por lo que carece de un fondo ético. La aceptación de esta opción por el Gobierno y la mayoría de los venezolanos que lo han elegido, hace imperativa la formulación y ejecución de una política de defensa cuyos parámetros los establecen los criterios que definen lo que hemos llamado guerra asimétrica. Un tipo de acción bélica dentro de la cual nuestro pueblo tiene una extensa y exitosa tradición histórica, aparte de las condiciones favorables que nos ofrece nuestra geografía.

Para concluir, en este debate se está resolviendo el desequilibrio histórico-social generado por la absorción de recursos por parte de una minoría que concentra el poder en perjuicio de la estabilidad del sociosistema y del sistema ecológico. Un desbalance que genera perturbaciones tensivas recurrentes que ponen bajo riesgo la persistencia de la vida en el planeta. En verdad, la acumulación de poder creciente, derivada del dominio del conocimiento, ha puesto en las manos de quienes lo controlan medios de destrucción que amenazan esta forma particular de energía que llamamos vida. No porque el planteamiento de esta nueva teoría bélica este dirigido a colocar la guerra entre la oligarquía internacional y el proletariado globalizado, en los términos asimétricos en los cuales se ha ubicado, se está desestimando la posibilidad de una confrontación entre los poderes dominantes hoy divididos. Ciertamente, paralela a este enfrentamiento que refleja el conflicto centro-periferia (Norte –Sur) a escala mundial, se está desarrollando una nueva guerra fría, con su correspondiente carrera armamentista, especialmente en el terreno nuclear entre los viejos socios del “Grupo de los Siete más Uno” a los cuales hay que agregarle los potenciales “miembros de este club” China e India. Hay en el ambiente internacional, como expresión de la crisis histórica, un clima de violencia generalizada que sólo el retorno a la racionalidad del humanismo puede detener.


[1]Preferencia adquisitiva. Derecho de preención: Preferencia concedida para adquirir o secuestrar la materia prima de usos varios, mediante el pago de una equitativa indemnización, tanto en uno u otro caso, a favor del beligerante que intercepta buques neutrales que comercian con el enemigo, dentro de los términos de la definición dada por el Instituto de Derecho Internacional en la reunión de Venecia de 1897” (Cabanellas de Torres, G. Diccionario Militar, aeronáutico, naval y terrestre, Buenos Aires. Bibliográfica OMEBA, 1962). Esta concepción ha sido extendida para señalar la preferencia adquisitiva de objetivos estratégicos en territorios de Estados considerados “forajidos”.