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CAPITULO III

CAPITULO III

LA METAESTRATEGIA VENEZOLANA

PARTE 1

EL EJÉRCITO LIBERTADOR

La Paz y la Cohesión de las Formaciones Sociales.

El fin del anterior capítulo, nos colocó la situación internacional como un mundo “hobbesiano” donde “el hombre es lobo del hombre”. Un cuadro donde el destino de la humanidad pareciese estar colocado en el dilema de aceptar un “leviatán” -un dios mortal que ofrezca una seguridad relativa que protege a los pueblos y las personas contra la anarquía- o aceptar el suicidio colectivo que nos impone la política del Imperio. Empero se trata de un falso dilema. Ni siquiera una proporción importante de quienes favorecen la idea conservadora del “Estado Autoritario Universal”, acompañan la actitud belicista de quién en este momento tiene el poder de decisión. Por ello, se puede construir un continuo que tiene en sus extremos la anarquía por una parte y en la otra el absolutismo, representado por un pensamiento y una cultura única. En ese orden de ideas, la posición venezolana está más cerca de la anarquía que del fundamentalismo de quienes sostienen la primacía del mercado, garantizada por la fuerza de un hegemón. La noción de democracia participativa, que no solamente está como un proyecto en el contrato social sino que es impulsada, en la práctica por el actual Gobierno, tiende más a una distribución amplia del poder que a su concentración. La propia realidad, que incluye las fuerzas que lo apoyan, muestra la tendencia dominante hacia el fraccionamiento de las concentraciones de poder tradicionales, con signos anárquicos, sin que se haya roto la unidad del conjunto. Y el valor sustantivo que ha hecho posible en gran medida ésta realidad, ha sido la idea de la paz. Para unos un valor moral, para otros una condición objetiva sin la cual no es posible el ascenso humano. Esa inclinación pacifista no solamente es sentida por los venezolanos, un hecho reforzado recientemente con los resultados de las encuestas realizadas el año 2004, cuando ante la posibilidad clara de una guerra civil, la población escogió en más de un 90% la opción de paz. También ella configuró una tradición constitucional. Al menos en el Siglo XX, todas nuestras previsiones fundacionales han contenido un repudio a la guerra como instrumento de la política internacional. Una declaración, que a diferencia de las oportunidades anteriores cuando ella formaba parte de los preámbulos, ahora, en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, se materializa en su parte dispositiva cuando declara el territorio nacional como una “zona de paz”.

La Zona de Paz y el Orden Mundial y Regional.

La noción de zona de paz es una idea reciente, de la década de los 60 del siglo pasado, que responde a una iniciativa del Movimiento de los No Alineados asumida con la finalidad concreta de declarar el Océano Índico con tal calificación. Esto ocurría mientras el Dr. Arvid Pardo, Embajador de Malta ante la ONU., urgía a la comunidad internacional a considerar los mares abiertos como patrimonio común de la humanidad. Se obtuvo con estas acciones el acceso de esta noción al debate político internacional en el marco de la Conferencia del Mar. En la tercera de las reuniones de esta conferencia, los No Alineados promovieron el concepto de “mare clausum” (mar cerrado) en contra de los conceptos de “mare liberum” (mar abierto) y “mare nostrum” (mar nuestro) a fin de restringir el uso de los océanos con propósitos ligados a la guerra naval. Las raíces contemporáneas del concepto de “zona de paz”, se encuentran en la idea de Nehru (Primer Ministro de la India entre 1947 - 1964) sobre “área de paz”. Conceptualmente, semejante idea liberaría a los estados nacientes -recuérdese que India obtuvo su independencia del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte en 1948- de los conflictos entre las grandes potencias. Es un concepto vinculado con el desarme, pero un desarme dirigido a las superpotencias y no al estado y estados que conforman la región. Se trata en realidad de un avance de la tradicional noción de neutralidad que aislaba a quienes la asumían de las guerras entre las grandes potencias en su búsqueda del dominio del planeta. Esa era una idea pasiva-aislacionista, que no cambiaba la realidad internacional en la cual el poder era el instrumento fundamental de acción. El concepto de “zona de paz” coloca a quien lo aplica en una actitud activo-intervencionista, pues impulsa la eliminación del uso de la fuerza en el marco de las relaciones internacionales. De allí que su implementación tiende a forzar el desarme de las potencias mundiales, no sólo negándole el espacio para la instalación y operación de sus sistemas de armas, sino asumiendo una conducta activa en los foros políticos internacionales a favor del desarme generalizado. Lógicamente sería idealista desarmarse unilateralmente sin que aquellos que usan la guerra para sus fines políticos lo hagan. Por ello, tal acción no implica el desarme de quien o quienes declaran un espacio como “zona de paz”, ni una renuncia a su voluntad de defenderlo. La noción se adoptó finalmente como una forma de acción con validez internacional en el “Informe Final de la Primera Reunión Especial sobre Desarme” de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas del año 1978.

El Talante Defensivo del Estado Venezolano.

Sería presuntuoso colocar a los venezolanos que formularon el primer pensamiento militar para la defensa de la República, como antecesores de estas concepciones contemporáneas, ligadas a la búsqueda de la paz en el ámbito internacional y, por consiguiente, en el ambiente interno. Sin embargo, la lectura del documento transcrito en el Capítulo I, nos presenta obviamente que el estado considerado como normal por aquellos pensadores, tanto para Venezuela como para el sistema internacional, es el de la paz, y que las ventajas geopolíticas que ofrece el país deben usarse como medios para lograr “su prosperidad”, colocando la guerra como una contingencia que depende más de la actitud “de los países y colonias inmediatas”. En otras palabras, asumen un talante defensivo desde la perspectiva estratégica. Y esa es una posición que se ha mantenido históricamente, aunque se pudiese sostener que nuestra guerra de independencia fue más allá del espacio ocupado por la naciente nación venezolana. No obstante, la ampliación de la guerra en aquella oportunidad no tuvo una intención de dominación de aquellos espacios extraterritoriales donde actuó el Ejército Libertador. Por el contrario, incluso al momento de buscar un reordenamiento de la geografía andina, –escenario de nuestra guerra de independencia-, inicialmente los venezolanos cedieron a Bogotá el privilegio de ser foco del poder de la naciente estructura independiente. Más aun, en una tentativa de integrar los pueblos que tenían un origen y una cultura común, asumieron la noción de anfictionía para unificarlos políticamente en un conjunto ordenado en donde el derecho y no la fuerza fuese el instrumento organizador. Esa liga de naciones propuesta, modernamente expresada en la noción de Confederación, supone la igualdad y autonomía entre los pueblos que se integran. Es una idea que va más allá de la de federación, pues la acción combinada es producto del sentimiento de solidaridad y no del mandato de un poder rector. De allí que se haya formado, especialmente en el Siglo XX, el axioma que señala que: la Fuerza Armada venezolana nunca ha salido del país a otra cosa que no sea para libertar pueblos. Este es un principio ético que no solamente está internalizado en la conciencia de los ciudadanos, sino en la de sus propios soldados.

Pero la idea no quedó anquilosada en el tiempo. Particularmente en la segunda mitad del Siglo XX la Fuerza Armada venezolana tuvo un papel activo–intervencionista en la formulación de la política internacional. Especialmente desde la década del 60, cuando envío un contingente de observadores militares para participar en la solución de la guerra entre India y Pakistán, el Estado Venezolano ha mantenido presencia de fuerzas de paz o de observadores internacionales en gran cantidad de conflictos que han amenazado la paz mundial. De especial importancia fue nuestra participación en el conflicto centroamericano, en el cual siguiendo la política del llamado “Grupo Contadora”, nuestra Fuerza Armada jugó un papel valioso en la pacificación de la región y en la neutralización de la injerencia de las grandes potencias en esa contienda que amenazaba la paz regional. Tales misiones de paz, que constituyen mecanismos de mediación activa, fueron en su momento histórico contribuciones significativas para mantener la tradición pacifista de los venezolanos y de su Fuerza Armada. Adicionalmente, estas acciones dieron bases para acciones políticas y económicas posteriores como la constitución del Grupo de Río y del Pacto de San José, que abonan la idea de la anfictionía de carácter liberador para los pueblos que tenemos una herencia cultural común. Mediante este último se logró una acción positiva en el marco de la cooperación Sur-Sur que hoy forma parte del esquema estratégico actual, al beneficiar a los países de la subregión en materia energética. Una iniciativa que se está extendiendo a todo el ámbito latinoamericano y caribeño con la implantación de la idea de Petroamérica. El Grupo de Río se ha transformado en el foro fundamental dentro del cual ha germinado la idea de la Comunidad de Naciones Suramericanas. Todo esto sin olvidar otras misiones realizadas por nuestros componentes militares en situaciones de catástrofes naturales, donde nuestros soldados con orgullo, han mostrado su voluntad de cooperación a escala internacional. Es decir, la Fuerza Armada actual sigue siendo el Ejército Libertador del pasado.

La Defensiva como Postura Estratégica Nacional.

Desde la óptica exclusivamente estratégica, tal vez pudiese ser criticable la adopción de la defensa como línea de acción que orientaría la praxis militar venezolana. Desde antaño se considera la ofensiva como la conducta más eficaz para obtener resultados militares y por lo tanto políticos. Empero, la historia reciente muestra lo contrario. No fue una actitud ofensiva la que utilizó el pueblo hindú para obtener su independencia, ni ha sido ese camino el que le ha proporcionado a Suiza la autonomía, prestigio y bienestar que la ha caracterizado en el sistema internacional. Ha sido su acción pacífica, asociada con una voluntad de defensa, la que le ha permitido su éxito político. Desde luego, en el marco de una estrategia defensiva no está excluida la acción ofensiva, tanto de carácter preventivo -anticipándose a una acción real de un enemigo declarado- como respuesta final a una agresión en el contexto de la noción de contraofensiva. La idea de la defensiva “per se”, es estática, y tiende a mantener el “status quo” lo que es contrario a la dinámica que está implícita en la noción del ascenso humano. La Fuerza Armada venezolana, que así como en el pasado fue factor importante para impulsar la modernidad en un país y una sociedad agrícola, hoy es un actor que lucha para motivar el advenimiento de la posmodernidad. Una época donde la ciencia y la tecnología contribuyan a la liberación del hombre y no a la profundización de la asimetría que colocan la mayor parte de la geografía del planeta y de su población en posiciones de minusvalía. Con ello sigue siendo una Fuerza liberadora.

PARTE 2

“VUELVAN CARAJO”

La Ofensiva en el Ámbito Operacional Venezolano.

Si la defensiva ha sido la línea estratégica militar, que ha asumido la República de Venezuela, no ha sido ella la que le ha proporcionado las victorias que han jalonado el uso de la fuerza a lo largo de nuestra historia. Evidentemente, han sido acciones ofensivas en el terreno operacional las responsables de estos triunfos. Tal vez, lo ocurrido en el campo estrictamente táctico –el uso de los medios en los encuentros- en la batalla de Las Queseras del Medio, ilustre de manera fehaciente el empleo del ataque dentro de una concepción defensiva en la cual, se cambia espacio por tiempo. En esta oportunidad, la acción de las fuerzas patriotas combinó la defensa con un acto de repliegue, cediéndole el espacio a cambio de la posibilidad de una sorpresa ofensiva que dislocara la estructura de combate del adversario. El “Vuelvan Carajo” del General José Antonio Páez, y el acatamiento de sus soldados al mensaje del conductor, revelaba la existencia de una coordinación tácita entre éste y sus hombres. Una compenetración que indica la coincidencia en los fines del todo entre el conjunto de participantes. Pero esta acción táctica no era un acto aislado. Ella seguía una estrategia que tenía el mismo contenido. Una praxis diseñada para enfrentar un enemigo con medios evidentemente superiores. Se trataba de un adversario con amplia experiencia en la guerra convencional, equipado con ingenios bélicos de la más avanzada tecnología de la época. La estrategia general fue salvar los reducidos medios del Ejército Libertador, moviéndolos al sur del Orinoco donde éste importante curso de agua les servía de protección. Era salvar el capital fijo, casi irrecuperable si se perdía, aún a costa de gastar el capital humano de alguna manera reemplazable. La idea era alargar la línea de comunicaciones del enemigo para hacerlo vulnerable. Y el ataque se realizó sobre el centro de gravedad de los realistas constituido por su fuerza de caballería. El componente que le proporcionaba la velocidad y la acción de choque necesaria para mantener la ofensiva. Un hecho similar ocurriría posteriormente en la batalla de Santa Inés cuando la estrategia operacional siguió los mismos lineamientos generales. En ambos casos se estaba frente a situaciones de guerra asimétrica, que es justamente la situación en la cual se encuentra el Estado Venezolano en la actualidad.

El Papel de la Coordinación Tácita en la Guerra.

La coordinación tácita arriba mencionada es una posibilidad sólo materializable cuando las partes entre las cuales se realiza comparten una lógica producto de una relación horizontal. No es posible tal fenómeno dentro de estructuras donde privan las vinculaciones verticales. En esos casos, la coordinación debe ser explícita. Tales relaciones horizontales fueron el resultado de la experiencia desastrosa alcanzada en las primeras etapas de la guerra, cuando la organización militar, tal como lo señala el documento contenido en el Capítulo I, tendió a reproducir las estructuras utilizadas por los centros de poder europeos que eran realmente nuestros antagonistas, dada su intención de establecer un orden neocolonial en el sistema internacional. Se internalizó la idea de la interacción del soldado-ciudadano con la del ciudadano-soldado que podrían compartir ambos el sentimiento común del patriotismo republicano. Una emoción que nacía de la existencia de una constitución que relacionaba al individuo con el espacio que garantiza su independencia, su libertad, su soberanía, su inmunidad y su capacidad para determinar el gobierno que mejor permitiría el logro de sus metas. En el discurso de Angostura (1819), pronunciado por el Padre de la Patria, se delineaba la política para la cual se utilizaría la fuerza militar como instrumento de acción. La materialización de esa coordinación tácita que gestó el poder duro de la República, produjo sus cuadros de mando que salieron de soldados profesionales, formados en la Academia Militar de Matemáticas y en las milicias de blancos, convertidos en ciudadanos y por los ciudadanos que se incorporaron a las filas demostrando habilidades excepcionales para el combate. De los primeros, salieron conductores como el propio Libertador Simón Bolívar, el Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre, el General Rafael Urdaneta, el General Santiago Mariño y muchos más. De los segundos, surgieron comandantes como el General José Antonio Páez, el Coronel Leonardo Infante, el Coronel Francisco Farfán, el Coronel Cornelio Muñoz, el Teniente Pedro Camejo Negro Primero entre otros, quienes escribieron todos en conjunto, páginas gloriosas de nuestra historia militar. Se podría decir que nuestra gesta independentista fue la concreción de lo que hoy llamaríamos unidad cívico-militar. Lo que actualmente permite el desarrollo del concepto de defensa integral, que constitucionalmente define la dinámica de la función de seguridad estratégica del Estado.

El Campo de Batalla Descentralizado.

No es exagerado afirmar que en el marco de esta política y en el contexto de aquella estrategia, en nuestro país, con casi un siglo de adelanto, se aplicara la idea del campo de batalla descentralizado. Una concepción totalmente innovadora en la cual los comandantes de fuerzas en un amplio teatro de operaciones adquieren autonomía en sus decisiones tácticas, las cuales condicionan al ambiente operacional definido por las condiciones del terreno, el clima y el enemigo, conociendo el propósito general que orienta la campaña. Es un teatro de operaciones en el cual las relaciones son horizontales con poco ejercicio del mando por parte del que tiene la dirección político-estratégica. La Campaña de Carabobo fue tal vez la aplicación magistral de ese concepto en la realidad militar venezolana. El teatro de operaciones, fue dividido en tres frentes de combate, cada uno dotado de una fuerza de acción, con gran libertad de maniobra. Estas fuerzas, a sabiendas que el punto de concurrencia era el Abra de Carabobo (centro de gravedad geoestratégico del país), con su acción lograron el desarrollo de una estrategia convergente. Una forma de acción mediante la cual se logró un poder relativo de combate favorable en el campo de batalla final, que permitió la dislocación definitiva de la fuerza expedicionaria española, concretando de esa manera, el fin político de la guerra: el establecimiento de la República.

La Defensa Ante el Imperialismo.

Toda esta metaestratégia, destinada a la paz y, por consiguiente a la conservación de la vida, que es consustancial con el espíritu del pueblo venezolano, alimenta actualmente su acción en lo que respecta a la creación de un nuevo estado que reestablezca el equilibrio perdido por la concentración geográfica y sociopolítica del poder en el país. Un hecho que inevitablemente es contrario a las fuerzas transnacionalizadas, que articuladas en las llamadas economías intervinculadas, controlan en la coyuntura presente el sistema internacional. Por lo tanto, el conflicto abierto que se mantiene entre el Gobierno de los EE.UU. tutoreado por tales fuerzas transnacionales, y el Estado Venezolano, es el resultado de lo que se considera como un desafío al orden imperial que se intenta establecer a escala mundial. La República enfrenta en estas circunstancias, un adversario en las mismas condiciones con las cuales combatió la reacción del Imperio Español en nuestra gesta de independencia, con dos diferencias fundamentales: una variación sustantiva del contexto político y un cambio impresionante en el campo tecnológico. Ya no se trata de combatir un centro de poder como el que estaba focalizado en Madrid ni a unas tropas donde las diferencias tecnológicas eran apenas perceptibles. Radicaba más esta diferencia en los instrumentos conceptuales que en la naturaleza de los medios materiales. El adversario que hoy tenemos que combatir, no está ubicado geográficamente. Domina el espacio virtual que ofrece el campo de la información y la comunicación, y por consiguiente, el teatro de guerra no tiene ni límites espaciales ni temporales, como no los tiene el imperio que se pretende establecer. De modo que, nuestra política y estrategia general fundamentada en nuestra tradición histórica ya mencionada, tiene que obligar al adversario, poseedor de una tecnología de avanzada, a concentrar sus fuerzas, -ya dispersas en otros escenarios geográficos del planeta- en el país para buscar desarticularlas a través de la aplicación de la estrategia de conservación de capital fijo por medio de un repliegue a espacio seguro de nuestras fuerzas militares activas y una contraofensiva en el momento y lugar oportuno. Todo ello en una maniobra diseñada fundamentalmente en la dimensión tiempo. No obstante, el adversario tiene otras líneas de acción distintas a la estrategia directa. La praxis indirecta mediante su conocida línea del “balance de ultramar” en la cual utiliza las rivalidades entre las potencias vecinas para neutralizarlas, o la nueva estrategia de “operaciones decisivas rápidas” que incluye el uso de fuerzas especiales, empleando como puntos de palancas entidades con influencia política en el país (sectores militares, opinión pública, grupos e instituciones económicas y religiones), convertidas en “quinta columna”. En estos casos, la estrategia a aplicarse tiene más rasgos que la identifican con la guerra convencional que con aquellos que tipifican el nuevo planteamiento postmoderno. Empero, hay que prepararse para la peor de las hipótesis: La acción directa del Imperio, donde los conceptos de protección o negación de los puntos críticos; la defensa de nuestras puertas étnicas y marítimas; y, la resistencia al invasor, constituyen las acciones que identificarán nuestra voluntad de lucha. Ellas serían preparatorias para la contraofensiva final que definirá la supervivencia del Estado Venezolano.