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CAPITULO IV

CAPÍTULO IV

LA REVOLUCIÓN VENEZOLANA

PARTE 1

EL MUNDO DE LA BIPOLARIDAD

Los Cambios de Estado y las Modificaciones en el Sistema

La metaestratégia propuesta en el capítulo previo no tiene sentido sin entender el estado (como condición física) que se abandona y vincularlo con el futuro probable hacia donde se mueve la nación venezolana. Tal cual como aparece la guerra, ese acto humano que los animales no realizan y por lo tanto, es metafísico, esa proposición podría causar la impresión de que ella es una regresión al pasado y no un paso hacia el futuro. Efectivamente, se está ofreciendo como solución práctica al problema del conflicto actual venezolano, ideas que fueron aplicadas en las confrontaciones que jalonaron las etapas iniciales en las cuales se integró el país y se cohesionó la sociedad para permitir la formación del Estado. Una institución jurídico-política que hoy es un actor de cierta significación en la estructura del sistema internacional. Pero en la realidad, tal metaestrategia está más vinculada con el futuro que con el presente y el pasado de la vida de la nación. Positivamente, los cambios de estado que se producen en las distintas formas materiales a los diferentes niveles, no modifican la forma que identifica a los variados sistemas presentes en el universo físico. Lo que cambia, es la naturaleza de las relaciones entre sus componentes internos para adecuar el conjunto a las transformaciones que se presentan en su entorno (propiedad homeostática de los sistemas). Pero se mantienen ciertas continuidades, que son las que identifican el conjunto, las cuales responden a un código organizativo, que en el caso de los sistemas sociales está materializado en la cultura de cada formación social histórica. En ese sentido, la función manifiesta de la defensa, obedece a los patrones de comportamiento que ha impuesto el desarrollo de la cultura dominante en Venezuela. De allí que sea observable cómo las sociedades han repetido sus formas de conducta militar solamente cambiándolas por la introducción de nuevos conocimientos y tecnologías. Estos son, realmente, los factores que condicionan cada generación de actos bélicos.

Las Armas de Destrucción Masiva y el Orden Bipolar.

El estado del mundo que estamos dejando en materia política y, por consiguiente militar, es el mundo de la bipolaridad dominado por la preeminencia de las armas de destrucción masiva (ADM), con especial consideración de aquellas que utilizaban el manejo de la tecnología nuclear, como técnica de punta en la estrategia de los beligerantes. Se trató de un escenario donde las capacidades de producción de tales ingenios de guerra y el desarrollo de vectores para colocarlos en los blancos estratégicos del adversario, se concentraron en dos centros de poder: los EE.UU. y la U.R.S.S. Ello de hecho significó, una satelización del resto de los centros de poder, a estas dos potencias, las cuales fueron calificadas como superpotencias, que estabilizaron el sistema internacional mediante el “equilibrio del terror”. Fue una situación que en la práctica tendía a un estancamiento en el movimiento ascendente de la humanidad. Sin embargo, mientras los dos competidores se desgastaban mutuamente en una carrera armamentista en la cual inútilmente trataban de obtener ventajas, el resto de los actores internacionales, sacándole provecho a esta conflictividad, fortalecían sus propias realidades por la vía del incremento de sus capacidades productivas. Es así, como se pudo observar el proceso de integración económica de Europa para optimizar su eficiencia y el desarrollo de un centro de poder económico en Asia, focalizado en Japón (el “Área del Yen”). Nuevas potencias con influencia en la política internacional, cuyo desarrollo se debió, entre otras cosas, al bajo gasto militar, dado que su seguridad fue lograda colocándose bajo el paraguas nuclear de los EE.UU.

Se desarrollaron en estos nuevos centros dos grandes potencias con capacidad de acción en el ámbito internacional, en el campo económico, introduciendo un tercero en el juego político mundial. Se flexibilizó de esta manera, el régimen bipolar. Una nueva situación que obligaba a la regulación del sistema internacional en su conjunto, pues la competencia se ubicó fundamentalmente en el terreno comercial en el cual, las superpotencias resultarían perdedoras si continuaban su desgaste en la mutua carrera armamentista. Es así como se pudo constatar un aumento en la influencia de la ONU en la formación de la política internacional. Esta organización supranacional auspició, actuando como mediadora, la negociación explícita entre las superpotencias para lograr acuerdos a fin de detener las mutuas carreras armamentistas y buscar mecanismos para el desarme integral; el desarrollo de la cooperación económica y social hacia los países periféricos empobrecidos; el mejoramiento de las condiciones de salud a escala planetaria; y, el intento para universalizar la ciencia y la cultura de modo de disminuir las brechas profundas que separaban el mundo desarrollado del eufemísticamente llamado en vía de desarrollo.

La Bipolaridad y los Países Periféricos.

En el ámbito de los que se podían considerar como países periféricos a este amplio conjunto de países industrializados, el aprovechamiento de esta circunstancia fue desigual. Mientras pueblos de Asia, particularmente el chino y el hindú, se beneficiaban de las políticas de la ONU., y en particular, de la que se identificó como “la revolución verde” y las revoluciones educativas, los pueblos de América Latina y el Caribe obtuvieron resultados muy modestos y los africanos, prácticamente desperdiciaron esta oportunidad. No se puede hablar en esta materia, como falta de voluntad de esas sociedades para incorporarse al movimiento ascendente de la humanidad. Las condiciones geopolíticas impuestas por el orden mundial imperante restringían sus posibilidades, para incorporarse plenamente al progreso auspiciado por la organización mundial. No obstante, en ese mundo bautizado como “tercer mundo”, surgió un liderazgo objetivizado en Egipto, con Gamal Abdel Nasser; India con el ya mencionado Sri Pandit Jawaharlal Nehru; y, Yugoslavia con el Mariscal Josip Broz Tito. De su orientación, surgió un movimiento originalmente conocido como el Grupo de los Setenta y Siete y, más tarde, la Organización de los Países No Alineados, que introdujo una cuarta tendencia en la política mundial, flexibilizando aún más el esquema bipolar presente en la estructura internacional. Más aún, éste movimiento no entraría a la política internacional con el ánimo inclinado hacia la cooperación como él que caracterizaba a Europa y a Japón. Lo haría con un espíritu de confrontación que plantearía a partir de la década de los setenta del siglo pasado, un nuevo esquema de enfrentamiento conocido como el “conflicto Norte-Sur”. Antecesor directo del actual “conflicto de civilizaciones” que subyace en la llamada “guerra de cuarta generación”.

“El Destino Manifiesto” Estadounidense.

Ya para ese momento, eran manifiestas las intenciones estadounidenses de alcanzar la hegemonía mundial. Unas aspiraciones, que respondían a su propia realidad que se concretaba en su código geopolítico expresado con la idea del “destino manifiesto”. Noción derivada del pensamiento puritano protestante que consideró el espacio continental del norte de América como la “tierra prometida”. Ella, con un sentido casi bíblico; el enorme empuje hacia el trabajo y el desarrollo de la ciencia y la tecnología; y, la considerable acumulación de capital y de excedentes de producción fueron factores que han definido la conducta externa de esta potencia. Todos ellos crearon una necesidad de expansión. Un hecho que modificó radicalmente la concepción de la seguridad estratégica. No se referiría ésta, a partir de ese momento, al mantenimiento del dominio territorial por una comunidad política, mediante el logro de unas fronteras seguras. La idea prevalente mundialmente y, en los EE.UU., mediante la llamada Doctrina Monroe (1823) que había orientado la política exterior aislacionista de esa potencia. Ahora el problema de la seguridad estratégica se vinculaba al logro de sus intereses en la escena internacional. Ésta fue la primera alteración de la mencionada doctrina, conocida como “el Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe (1900)”. Un postulado político que, dentro del pensamiento geopolítico del Almirante Alfred Mahan, significaba dos cosas: la búsqueda del dominio del mar a través del desarrollo del poder naval (una estructura configurada con un componente naval militar y sus bases de apoyo globalmente establecidas; una marina mercante; una industria naval y en la base la enorme capacidad productiva de ese Estado); y la negación del resto del espacio hemisférico a potencias competidoras, abrogándose el derecho de policía sobre los pueblos y los estados que estos habían conformado en el Caribe, Centro América y Sur América. Lo que le proporcionó el derecho “de injerencia” sobre los asuntos internos de estos pueblos. La historia trágica del primer cuarto del siglo XX, nos muestra cómo la aplicación de esta doctrina se tradujo en sangrientas intervenciones militares sobre todo en los países de América Central y del Caribe que perturbaron los procesos evolutivos naturales de las sociedades en ellos asentadas.

Ese planteamiento se formuló dentro de un pensamiento geopolítico adicional al de Mahan que se desarrollaría teóricamente con algunos años de diferencia en la Escuela Geopolítica Alemana: la idea de la “Panregión”. Una noción que supone la integración, básicamente económica, de un espacio geográfico contínuo, de rasgos comunes, realizada entre pueblos excedentarios en materias primas (minerales o agrícolas) y pueblos excedentarios en bienes industriales y capital financiero. Un planteamiento teórico que en la práctica se traducía en el dominio de los últimos, sobre todo el espacio integrado. Así surgió la idea del “Panamericanismo”. No obstante, vale la pena mencionar que la ampliación del mercado estadounidense en ese momento no se dirigía hacia el sur de América, sino por el contrario se orientaba hacia el Asia, y específicamente hacia el dominio de la Manchuria donde existía una amplia acumulación de recursos básicos y una importante masa poblacional apta para el trabajo. Allí empezó su rivalidad con Rusia, que se tradujo en el conflicto Ruso-Japonés (1906). Una justa que sólo concluiría con el derrumbe de la U.R.S.S. Japón, para aquel momento colocado bajo la sombrilla protectora de la armada norteamericana, estaba sometido a riesgos por la acción neocolonial de las potencias europeas. En el hemisferio occidental no se planteó ningún conflicto de esta naturaleza, salvo la guerra hispano-norteamericana, en donde esta última parte buscó fundamentalmente el dominio de Filipinas como base para su política expansiva en la Cuenca del Pacífico. La acción en el hemisferio, era un problema esencial de seguridad estratégica limitado a impedir la presencia militar de sus potencias rivales en la región y restringir el desarrollo de poder alguno significativo especialmente, en el área suramericana. Esta escogencia de la política norteamericana de expansión hacia el este no fue azarosa. Hacia Latinoamérica y el Caribe, y en general hacia el oeste, cualquier esfuerzo de crecimiento hubiese estado obstaculizado por la presencia directa de los poderes europeos en el Caribe, Centro América y norte de Sur América, y la indirecta en el resto de los países del subcontinente. Una circunstancia que forzaba el movimiento hacia oriente donde no hubiesen encontrado semejante resistencia. Por supuesto, esto sin contar con las dimensiones del mercado asiático y las vulnerabilidades de sus competidores, cuyas largas líneas de comunicación significaban una debilidad.

La Doctrina Monroe tuvo un segundo corolario: el identificado como Cabot-Lodge (1912). Se trató de un agregado totalmente vinculado al expansionismo estadounidense en la Cuenca del Pacífico. Ésta orientación política, estuvo destinada a contener un esfuerzo de expansión japonés orientado hacia el espacio iberoamericano. Ciertamente, Japón bajo la sombrilla norteamericana, había realizado un avance económico y militar que lo colocaba como una potencia regional en el Asia. Pero por la acción de las grandes potencias europeas y Rusia tenía limitada su abertura hacia su zona natural de crecimiento. Por ello buscó su desahogo hacia el espacio latinoamericano, al cual percibía como un vacío demográfico y económico. Un hecho que demostraba el poco interés estadounidense en esta materia en toda la geografía del hemisferio. La acción nipona se orientó a una negociación con México para la adquisición de un territorio en la Baja California, con el fin de establecer actividades industriales y comerciales en la zona. Hecho que significaba la instalación de un enclave japonés casi en la frontera estadounidense y un obstáculo para el dominio del mar y con ello del comercio con los pueblos del Pacífico. Tal Corolario, por lo tanto, señalaba la voluntad norteamericana de no permitir que intereses nacionales foráneos tengan poder práctico de control sobre ningún otro territorio en el hemisferio. Debe destacarse, que aquí se diferenciaba la posibilidad de adquirir espacios en esta parte del planeta por parte de centros de poder, de la factibilidad de lograrlos por actores privados. Se empezaba claramente, a privilegiar la globalización del mercado, como base para la organización mundial, sobre la negociación política que hasta ese momento había definido la estructura internacional.

Pero la propia dinámica de la política internacional le impuso nuevas necesidades de definición política al Estado anglosajón norteamericano. La Segunda Guerra Mundial, con su consecuencia inmediata del derrumbe del orden multipolar existente, dejó como único competidor al “destino manifiesto” de los EE.UU. a la U.R.S.S. Allí nació el novel orden bipolar, con un nuevo problema de seguridad estratégica para esa potencia mundial. Ya los riesgos militares no podrían provenir únicamente de sus fronteras hemisféricas. La ciencia y la tecnología, especialmente con los desarrollos de ingenios de guerra aéreos y navales, permitían el ataque directo sobre el territorio norteamericano desde bases extracontinentales. De modo que, el problema era reducir esa posibilidad, para lo cual usó dos estrategias: una de “contención”, destinada a frenar el crecimiento del área de influencia de Moscú; y otra, conocida como del “balance de ultramar” a través del impulso de una potencia que rivalizara regionalmente con la U.R.S.S. En el contexto de la primera estrategia surgió la tercera enmienda a la Doctrina Monroe –el llamado “Corolario Kennan” (1950)- en el cual se estableció que el comunismo no era un proyecto político para el debate democrático, era una herramienta para las ambiciones imperiales de Moscú y por lo tanto, debía ser combatido militarmente. Con este agregado, la política exterior norteamericana, en lo referente a su seguridad estratégica, no se confinaba al hemisferio occidental sino que, las fronteras seguras para este Estado empezaban desde el sitio hasta donde llegaban sus intereses económicos. Una práctica que se materializó con una serie de alianzas militares (OTAN, CENTO, SEATO, ANLUZ), con sus socios comerciales, las cuales cercaban efectivamente el área de influencia soviética, frente a lo cual se conformó el Pacto de Varsovia que articulaba militarmente a los satélites de la U.R.S.S. Por otra parte, estimularon las diferencias chino-soviéticas para balancear el poder de Moscú en Asia. Una acción que fue contrarrestada por esta capital con una alianza militar con India. De esa manera, se debilitó la acción soviética en su competencia con los EE.UU. a escala global.

El Tratado interamericano de Asistencia Recíproca y el Desarrollo Militar Latinoamericano.

Pero esta desviación de su política de seguridad hacia el espacio euroasiático, no significó un desdén a sus fronteras continentales. Si bien es cierto, que la principal amenaza a su seguridad estratégica estaba localizada en la U.R.S.S., no se podían descartar las posibilidades de una penetración política y hasta militar de esta superpotencia en el espacio Latinoamericano y del Caribe. Para ese fin, había que darle fuerza a la zona de seguridad hemisférica establecida en 1942, mediante la cual el mundo reconocía el espacio demarcado por ella como un área geográfica militarmente bajo el dominio de los EE.UU. Por ello, no puede extrañar que el primer instrumento internacional que formaba parte de la estrategia de contención norteamericana, fuese el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), firmado en 1947 en Río de Janeiro, Brasil. Una alianza que comprometía las fuerzas militares de las repúblicas latinoamericanas y caribeñas en la defensa de la zona de seguridad hemisférica dentro del marco del Corolario Kennan. Una asociación que efectivamente nunca se materializó, pues ello hubiese supuesto un mecanismo de toma de decisiones colegiado, tal como los que se implementaron en las alianzas que se mencionaron en el párrafo anterior. En la práctica, la concreción de esta línea estratégica se realizó sobre la base de acuerdos bilaterales con los gobiernos de los estados de la región o mediante acciones unilaterales de intervención militar directa. Fueron de hecho, procesos dirigidos a anular cualquier fuerza subnacional que impulsara movimientos encaminados a la búsqueda de la autonomía estratégica de los estados de la región, asociados o no a la línea estratégica de la U.R.S.S. Esta praxis, para facilitar su libertad de acción en todo el espacio continental, sin el obstáculo planteado por los límites políticos de los estados, condujo en la década de los ochenta del Siglo pasado, a la creación de un enemigo virtual, el narcotráfico, asociado con la “subversión comunista”. Aparecía así, una de las características que tipificarían las “guerras de cuarta generación”, con la cual paralelamente se buscaba convertir las fuerzas de defensa de las naciones, que aseguraban la existencia de su Estado, en simples fuerzas policiales para proteger la actividad privada, dando espacio para la supremacía del mercado sobre la acción política.

La Caída del Muro de Berlín y el Fin del Mundo Bipolar.

En ese contexto, fue cuando ocurrió la caída del Muro de Berlín (1989), hecho simbólico que mostró el derrumbe de la U.R.S.S. Una circunstancia que trastocaría abruptamente el orden mundial. Efectivamente, quedaban en el dominio del mundo una aristocracia de naciones que en su cúpula tenía a los EE.UU., con su enorme potencial militar, como policía del sistema internacional; en su entorno inmediato, a las grandes potencias económicas asociadas al Grupo de los Siete, a la cual se le añadiría posteriormente Rusia (considerando únicamente el poder nuclear que conservaba); y, en la base, un conjunto de nuevos actores internacionales (transnacionalizados) que representaban los intereses privados globalizados. Sería esta base, la que orientaría la política internacional por la influencia adquirida sobre los gobiernos de los estados que constituían la cúspide de la élite internacional. En el marco de una estrategia ganar-ganar (juego suma variables), se desarrolló una actividad ubicada fundamentalmente en el área económica, mediante la cual se anuló la fuerza del Movimiento de los No Alineados y se redujo sensiblemente el papel de intermediación desempeñado por la organización mundial. En ese marco, se realizó la acción contra Yugoslavia, impulsada por los EE.UU. y la OTAN, y la llamada “Guerra del Golfo” (1992), con las cuales se neutralizaría bélicamente al mundo periférico. Surgía así, un nuevo límite que segregaría la humanidad empobrecida, incluyendo los miserables de los países industrializados, de aquellos prósperos que agrupamos en lo que se denominó “economías intervinculadas”. Se abrió así, un nuevo conflicto mundial que enfrentó el poder concentrado en las estructuras transnacionalizadas, con expresión en los gobiernos de los estados miembros del Grupo de los Siete y el poder difuso de los sectores marginales que espontáneamente también tendieron a transnacionalizarce. En ese marco, se produjeron los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en los EE.UU., unos acontecimientos que cambiaron este orden transitorio, al evidenciar las aspiraciones hegemónicas de la hiperpotencia y la voluntad de los actores transnacionales de aceptar el papel de gendarme de las Fuerzas Armadas Estadounidenses y la dirección política del imperio por parte de Washington que las controla. Aquí, pierde significado la organización mundial y todo el andamiaje jurídico que se había construido por más de cuatro siglos para regular y ordenar las relaciones internacionales y, particularmente la guerra (el derecho a la guerra y el derecho en la guerra). Es así, como los restantes miembros del Grupo de los Siete son relegados, presentándosele como alternativas la de subordinarse a la potencia imperial o buscar mecanismos para mantener su preeminencia en el sistema internacional. A este cuadro, hay que agregar la emergencia de China e India como poderes mundiales debido al enorme desarrollo de su potencial militar y económico.

PARTE 2

EL FIN DE UNA ILUSIÓN DE ARMONÍA

El Estado Rentista y el Espíritu Nacional.

Si la flexibilización del orden bipolar del sistema internacional, en medio de las tensiones propias de la guerra fría, generó un clima económico y social en la humanidad que se tradujo en esperanzas y fé en un futuro, en nuestro país el ambiente fue festivo y de despreocupación. Desde la década de los veinte, cuando después de mucha sangre derramada finalizó la guerra civil venezolana, con lo cual se consolidó el Estado por la reinstitunacionalización de sus fuerzas militares y se inició la explotación petrolera en el país, los venezolanos habían venido experimentando un proceso ascendente. Una evolución, que no solamente avivaban sus ilusiones y su confianza en el futuro, sino que ciertamente se tradujo en una explosión de alegría y abandono, hasta suicida, en relación con el porvenir de la recién cohesionada nación. La expectativa de una fuente inagotable de riqueza provista por la renta petrolera (origen del llamado “Estado Rentista”) y una garantía de seguridad ofrecida por una Fuerza Armada con cuadros profesionalizados, estuvieron en las raíces de este comportamiento convertido en actitud. Se desaprovecharon ambas circunstancias para la construcción de un país, con variadas fuentes de prosperidad para hacer un espacio dominado, casi exclusivamente, por las actividades ligadas a la explotación de hidrocarburos. Nuestro código geopolítico identificado con la idea de “puente” –enlace entre las civilizaciones que pueblan el mundo- se convirtió en un mensaje donde el significado fundamental caía en la idea de ser productor de petróleo. Los venezolanos y sus interlocutores a nivel mundial veían el mapa de nuestro territorio marcado por el símbolo de la “torre petrolera”. De esa forma, el Estado se identificó con este ícono y, estratégicamente, su infraestructura, su estructura y su superestructura, pasaron a ser el centro de gravedad de su existencia. De allí, que hoy su seguridad estratégica está ínfimamente ligada a su protección.

La OPEP y la Estrategia Venezolana de Defensa de los Precios del Petróleo.

Ni siquiera la brillante oportunidad que para los pueblos periféricos representó la flexibilización del régimen bipolar a escala internacional, cambió esta tendencia. Por el contrario, el crecimiento del consumo por la expansión de las economías centrales y emergentes, aumentó los ingresos y, con ello, incrementó las expectativas de una riqueza creciente e ilimitada. La estrategia asumida no fue para la diversificación de nuestro aparato productivo. Fue para la defensa de los precios de exportación del petróleo y sus derivados. Y, así fue como nos asociamos comercialmente con los otros países productores en la OPEP, para constituir un “cartel” como descalifican sus adversarios a esta coalición. Nuestra idea estaba más vinculada, dentro de un pensamiento mercantilista (ni siquiera capitalista) a la idea rentista, que con una reflexión metaestratégica orientada a la preservación de lo que ya claramente era una formación social histórica: la nación venezolana. No sucedía lo mismo entre nuestros socios, que si la concibieron desde su inicio como un instrumento estratégico.

El embargo petrolero decretado por la OPAEP., que afiliaba a los productores árabes, con ocasión de la crisis del conflicto árabe-israelí (1973), demostraba claramente el valor geopolítico que para esas sociedades tienen los hidrocarburos. Ni aún la respuesta práctica que le dieron los países industriales consumidores, al crear la Agencia Internacional de Energía (AIE), una alianza para confrontar el poder de los productores petroleros, le dio a la nación venezolana un motivo para revisar su estrategia sobre la materia. Por el contrario, fue la ilusión de la riqueza ilimitada la que nos llevó a un endeudamiento externo que nos condujo de pronto a una situación que rompió abruptamente nuestros sueños: la crisis de la deuda externa de febrero de 1983. Allí se empezaron a fracturar las ilusiones de armonía de los venezolanos, sustentadas en la expansión continua de las empresas de servicio –educación, salud, electricidad, transporte, agua potable, telecomunicaciones, etc.- y hasta productivas, comerciales y financieras, incorporadas al patrimonio nacional como activos públicos. Un hecho que le daba acceso a la población en general, gratuito o subsidiado, a los bienes de consumo y de servicio con las correspondientes mejoras en la calidad de vida. Tal crisis, a la cual se sumó la presión externa, condujo a la privatización de esos activos públicos, con un efecto inmediato en el costo de sus productos, afectando a los sectores menos favorecidos de la sociedad. Se empezaba a marcar aquí, en Venezuela, el Borde Anterior del Área de Batalla (BAAB), que en la parte inicial de este capítulo se señalaba como la línea que delimita a los beligerantes en el nuevo conflicto global. De hecho, esta circunstancia terminó de quebrar la ilusión de armonía, sustentada en los beneficios, que aún cuando distribuidos desigualmente, alcanzaban a todas las clases y estamentos que configuraban la estructura de la nación venezolana. Se planteaba, de esta manera, un conflicto abierto entre los sectores dominantes en la sociedad y la mayoría subordinada por un régimen político conformado por una alianza de élites (Pacto de Puntofijo) reforzadora de esa fantasía de concordia.

El 27F. y el Cambio del Modo de Hacer Política.

La Rebelión Popular del 27 de febrero de 1989 materializó el conflicto descrito anteriormente. Fue este evento el pionero en el mundo de un cambio en el modo de hacer política. Efectivamente, esta actividad humana a través de todo el lapso de la modernidad, se había realizado por intermedio de concentraciones de poder conformadas en partidos o grupos de interés. Se enfrentaban los términos de la relación dialéctica, presentes en las sociedades, entre organizaciones que absorbían sus energías para provocar la polémica política. Un hecho que inevitablemente conducía a la acumulación de poder en la dirigencia del bando victorioso en la contienda. De modo que, el ideal democrático universalizado por el poder ejercido por los pueblos occidentales en el ámbito mundial, no fue en la práctica un hecho concretado. La aristocracia, y, más bien su desviación, la oligarquía, ha sido el régimen político que ha regido tanto a las naciones como al sistema internacional. En este caso, los sectores débiles de nuestra sociedad utilizaron la coordinación tácita para actuar políticamente, logrando un “poder difuso” que se opuso al “poder duro” concentrado en las instituciones de gobierno, políticas, económicas y sociales, que acumulaban cantidades significativas de los factores de poder (fuerza, finanzas, conocimientos, habilidades y destrezas). Fue un ejemplo eficaz, rápidamente universalizado, que modificó la función social de la política. Desde las manifestaciones en Seattle, EE.UU. (1999), hasta el reciente derrocamiento del Presidente ecuatoriano Lucio Gutiérrez, pasando por hechos como las protestas en Davos, Suiza, y la deposición del Presidente argentino Fernando De la Rúa, han sido expresiones exitosas de esta forma de hacer política. Un modo de conducta que tiene su equivalencia en uno de sus instrumentos: la coerción (la guerra).

Allí, dentro de la situación planteada, se puso en evidencia el pensamiento militar venezolano vigente. Un ideario que tenía como fondo el TIAR., con la perversión de colocar en la “narcoguerrilla” su enemigo estratégico. Esto nos llevó a involucrarnos directamente en una guerra, que no era la guerra de los venezolanos. La Fuerza Armada Nacional, terminó asociándose con las Fuerzas Militares colombianas y sus aliados paramilitares, que desde mediados del Siglo XIX, eran sus antagonistas, no sólo por razones territoriales, sino por razones político-ideológicas. Debe considerarse que en esa relación de antagonismo, durante el Siglo XX, Colombia actuó como agente de intermediación de los intereses norteamericanos en el área. Unas expectativas indiscutiblemente vinculadas a los rasgos geopolíticos de nuestro país: su posición geovial y sus recursos petroleros. Los tres incidentes más críticos de esa tempestuosa relación, la invasión al Táchira en 1902, dentro del marco general impuesto por la Revolución Libertadora y el Bloqueo a las costas venezolanas (ambas acciones estrechamente relacionadas); la acción de la Armada colombiana sobre el archipiélago de Los Monjes; y, la incursión de la Corbeta Caldas en el Golfo de Venezuela, tuvieron detrás insinuaciones y acciones del gobierno de Washington. De modo que, no puede extrañar que la conducta de esa Fuerza Armada ante la rebelión popular fuese la de su represión violenta, en un comportamiento que colindó con lo delictivo, pues tal acción configura un acto de “lessa humanidad”. Así lo han determinado las instancias jurisdiccionales internacionales. No podía ser de otra manera. El hombre común organizado en oposición al régimen establecido, dentro del Corolario Kennan, era comunista y por ello debía ser eliminado militarmente. No cabía allí la negociación explícita propia de la política.

La Fuerza Armada, su Resistencia a la Cultura del Estado Rentista y, el Conflicto Transnacional Actual.

No obstante, si ese era el pensamiento dominante, no representaba el consenso de todos los miembros de la institución de defensa del Estado. Desde la década de los sesenta del Siglo pasado, internamente, había una disidencia significativa en los cuadros de mandos militares, a todos sus niveles, que repudiaba ésta posición cómoda, tanto del Estado como de su sector militar. En esta última materia, rechazaban la falta de un espíritu profesional orientado al desarrollo de las capacidades para la defensa militar del país, en beneficio de una dinámica favorecedora del crecimiento de la burocracia administrativa. Un hecho que se puede verificar fácilmente, solamente con el examen de los mapas organizacionales del aparato de defensa y su presupuesto de gastos. Era un sector que manifestó su crítica a semejante estado de cosas por dos mecanismos: uno, el sumarse a la rebelión civil que se desarrolló en aquella década; y, dos, el asumir una actitud contestataria dentro del seno de la organización. Los primeros fueron anulados por la eficaz acción político-militar desarrollada por el gobierno en el contexto del ya varias veces mencionado Corolario Kennan. Los segundos persistieron en su acción, sentando las bases para una respuesta a largo plazo que recuperara la tradición histórica militar venezolana. Y la respuesta llegó impulsada por la rebelión popular de 1989. El golpe militar del 4 de febrero de 1992 y el del 27 de noviembre del mismo año, fueron la expresión de esa corriente de pensamiento disidente dentro de la estructura del aparato militar venezolano. Se inició así definitivamente un cambio radical de la práctica política venezolana, que convertiría el conflicto coyunturalmente planteado en 1989, en una confrontación estructural en el seno de la nación, que incluso llegó a amenazarla con la posibilidad de la guerra civil. También generó un diferendo significativo en la arena internacional con las fuerzas transnacionales dominantes del mercado mundial, concretado en unas relaciones tensas entre Caracas y Washington, que amenazan con el desarrollo de un conflicto bélico internacional. Así se rompió definitivamente la ilusión de armonía que orientó la vida de los venezolanos durante buena parte del Siglo XX.