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CAPITULO V

CAPÍTULO V

EL DESAFIO MILITAR VENEZOLANO

La Misión de la Fuerza Armada

Esta situación internacional, tanto a escala global como regional, y la realidad interna, coloca a Venezuela como inmersa en un conflicto internacional inscrito dentro del concepto de las “guerras de cuarta generación”, con su marcada característica de asimetría. Una desigualdad que no representa exclusivamente un desequilibrio severo de fuerzas, ni una diferencia sustantiva de concepciones políticas-estratégicas, sino que refleja una brecha profunda en lo científico-tecnológico. Así considerado el conflicto actual pareciera ser irracional enfrentarlo con la fuerza militar. Una simple correlación entre los poderes relativos de combate, calificaría esta línea de conducta casi como una locura. No obstante, desde los teóricos de la guerra más antiguos, hasta los más actuales, consideran, cuando se evalúa el poder, que éste no está definido exclusivamente por lo medios materiales en posesión de los beligerantes (poder duro). Éste, está también influenciado por lo que el autor alemán mencionado en el Capítulo II, Karl von Clausewitz, denominó, “fuerza moral” (poder blando). Una fuerza que contemporáneamente es considerada como derivada de dos variables: la cohesión nacional y de la estructura militar, de las cuales se desprende la voluntad de lucha; y, la estrategia, el uso heurístico de la inteligencia humana para crear formas que optimicen la eficiencia de los medios para alcanzar los fines. Desde esta óptica, el enfrentamiento de nuestro conflicto por la fuerza no es un disparate. Las dos variables enunciadas podrían potenciar las fuerzas materiales, estableciendo la probabilidad de una simetría en las relaciones de poder entre los beligerantes. Un hecho que se ha demostrado históricamente en múltiples veces, incluyendo el caso de nuestra propia gesta de independencia ya mencionado.

Para la Fuerza Armada venezolana, la cuestión no es defender los intereses del país en la arena internacional. Ni estamos en condiciones físicas ni morales –en la acepción militar de esta palabra- para realizar acciones de tal tipo, ni nuestra metaestrategia, fundada en la idea de zona de paz, nos proporcionan fundamentos sustentados en nuestra cultura, que nos impulsen para ese fin. Esa sería la razón que explicaría la falta de una fuerza moral para acometer acciones ofensivas en el ámbito del sistema internacional. Lo que si es cierto, si nos acogemos a nuestra tradición histórica, es la presencia de una solidaridad entre los venezolanos para defender la patria y de una creatividad para diseñar y realizar acciones dentro de estrategias innovadoras y concepciones tácticas y, hasta técnicas, originales. El reto para la Fuerza Armada venezolana, es mantener el dominio del territorio del Estado y la unidad y persistencia de la nación. No solamente como resultado del sentimiento despertado por la idea del patriotismo republicano, sino porque racionalmente es la antítesis a la tesis de la globalización neoliberal, propugnada por la fuerza de los poderes fácticos que tienden a dominar la realidad mundial actual.

La defensa, en este caso del Estado, no es solamente la protección de los intereses de los ciudadanos venezolanos, relacionados con sus posibilidades de realización. Es la defensa de ese mundo periférico condenado a la exclusión por la política darwiniana adelantada por las fuerzas neoconservadoras. Así, la fuerza militar que ayer llevó el mensaje de la independencia y la libertad al resto de América, hoy porta la bandera de la inclusión de todos los hombres en un mundo equitativo posible por la acción de la revolución científica y tecnológica que caracteriza nuestra era. Los venezolanos no podemos permitir nuevamente que quedemos rezagados, como lo estuvimos en el Siglo XX, de las posibilidades que nos ofrecen el conocimiento y las herramientas que de él se derivan. Ni tampoco podemos permitir que otros pueblos del mundo, en especial en nuestra región, queden bajo esa condición, porque ello significaría mantener un desequilibrio permanente que conduciría inevitablemente al uso privilegiado de la guerra como instrumento de la política.

Dentro de esa conceptualización, nuestro problema militar se reduce principalmente a la definición de una estrategia. Una tesis que considere los fines arriba establecidos con las condiciones generales del enemigo, el ambiente operacional (geografía, clima, economía y cultura) y nuestras propias capacidades. Por supuesto, debemos considerar la metaestrategia derivada de nuestra sabiduría militar. Y dentro de esta concepción, estimando el carácter asimétrico de la confrontación, semejante praxeología debe privilegiar la opción defensiva. Esto sin olvidar, que en la misma metaestrategia la ofensiva es consustancial con esta visualización de la defensa. No obstante, el conflicto, como hemos señalado anteriormente, podría tener otras manifestaciones distintas a este enfrentamiento asimétrico directo. Puede expresarse en confrontaciones directas con potencias vecinas o “quintas columnas” internas. En este caso, el uso de las estrategias y tácticas convencionales es lo apropiado, aún considerando el respaldo del agresor internacional. La ausencia del beligerante real, no indica sino tres circunstancias: o, su intervención directa en el conflicto no le es políticamente conveniente, tanto en el ámbito interno como en el externo; o, sus compromisos militares le limitan su participación; o, finalmente, porque el costo de la acción es superior a la ganancia a obtener. Pero, para efectos del pensamiento de nuestra guerra (pensamiento militar), la opción sobre la cual hay que reflexionar, es la intervención directa del enemigo real. Es allí donde el “Vuelvan Carajo” de nuestra metaestrategia adquiere significado.

Entonces, el repliegue de nuestras fuerzas militares activas hacia espacios seguros, constituye la acción primordial. Se trata de salvar el capital fijo de la defensa, exponiendo solamente la voluntad de los venezolanos para preservar los medios con los cuales asestar el golpe final. El acto después de la orden “Vuelvan Carajo”. Es frente a la acción hostíl del enemigo, donde cobran valor las fuerzas de las reservas y la guardia territorial. Las primeras, para la protección de las puertas étnicas y marítimas que permiten el normal discurrir de nuestros flujos, tanto entre las provincias del país, como con nuestro entorno externo. Las segundas, para realizar la resistencia al invasor ocasionando el desgaste de sus fuerzas por acciones irregulares. Parte de los efectivos activos en esta etapa, tendrían, dentro del concepto de defensa móvil, la misión de defender los puntos críticos que garantizan la supervivencia mínima de nuestra población o, neutralizarlos o destruirlos de modo que no sean aprovechados por las fuerzas adversarias. Esta visión, no se fundamenta solamente en la tradición histórica ni en la concepción metaestratégica. Tiene también bases empíricas sustentadas en el hecho de la enorme superioridad tecnológica del probable adversario. Los sistemas sensores, de toma de decisiones en tiempo real, de respuestas en plazos mínimos y de evaluación de daños, hacen casi invulnerables sus formaciones militares frente a la tecnología de los medios con los cuales cuenta nuestra Fuerza Armada activa. Utilizar esos medios, como está demostrado en la historia reciente (Conflicto de los Balcanes, Conflicto de Afganistán y Conflicto de Irak), si bien puede tener un éxito localizado, normalmente implican la destrucción de los recursos empleados –siempre muy limitados en posesión del débil militar- lo que resulta en una escasa ganancia para el defensor y una pérdida despreciable para el atacante. Lo cual es una contradicción con la racionalidad estratégica.

Por principio, el recurso de la fuerza en las relaciones políticas tiene por objeto aterrorizar al adversario para imponerle la voluntad. Es impensable que un actor político internacional como hoy lo es el Estado norteamericano, se aterrorice con la fuerza militar convencional de una potencia media. Un centro de poder con influencia restringida dentro de una región geoestratégica. Pero si es posible atemorizarlo con fuerzas irregulares que tienen el mismo efecto que las pulgas en el organismo humano. Por algo ese tipo de acción militar es llamada por muchos teóricos “la guerra de las pulgas”. No sólo por el escozor que causan éstas, sino por las infecciones que pueden transmitir. La acción irregular causa “picazón”, más no daños efectivos sobre el capital y los recursos humanos del oponente, sino que además introduce virus que actúan sobre su sistema nervioso (los centros de decisión política) que eventualmente tienen el potencial de anular la voluntad de quienes dirigen la acción de atacante. Por ello, militarmente, ante una amenaza de esa naturaleza, la mejor estrategia no es morder con la escasa presión de la dentellada de un perro pequinés. La mejor praxis es pellizcar con el veneno del insecto.

El Potencial Militar Venezolano.

Normalmente se suelen considerar las condiciones del terreno, el clima, el entorno social y el económico, como actores independientes en el contexto del Teatro de Guerra. Y es lógico hacerlo así. Tales variables tienen una dinámica propia que en el marco de la confrontación clásica afectan por igual a los beligerantes. Pero ello no es así en la guerra irregular. Para el combatiente informal estas variables son, probablemente, su principal instrumento de poder. Ciertamente, es a las formaciones militares altamente organizadas a las que afectan principalmente estos factores. Los ingenios militares con tecnología de punta son vulnerables a la acción del medio geográfico donde se utilizan, mientras no lo son en absoluto para quienes actúan como lo hace el buhonero. Para éste, esas condiciones lejos de ser un obstáculo proveen una oportunidad (ello permitiría llamar esas acciones irregulares como la “guerra de los buhoneros”). Considerando a estos representantes de la economía informal como una variable importante para la solución de problemas económicos, entre ellos, el crecimiento de Producto Interno Bruto (PIB). En efecto, las variaciones y los factores antes enumerados, por conocidos y dominados por el combatiente irregular, le dan la ocasión y muchas veces los medios para actuar sobre su adversario. Este razonamiento es el que convierte a la geografía nacional como la principal fuente de poder para la estrategia, en el marco de la guerra asimétrica mal llamada de “cuarta generación”, mediante la cual se enfrentaría un enemigo con un “poder duro” considerablemente mayor. Justamente el variado paisaje geográfico, con su multiplicidad de accidentes, las condiciones meteorológicas cambiantes, la diversidad de flora y fauna y la pluralidad de expresiones sociales y culturales, que caracterizan nuestro ambiente operacional, son instrumentos sin igual para adelantar estrategias operacionales y tácticas, enmarcadas en los planteamientos metafísicos derivados de la tradición y la reflexión sobre la guerra.

Otra fuente de poder militar venezolano muy valiosa, sin embargo menos que la anterior, lo es su población. Y es inferior, en primer lugar, por razones cuantitativas. Ciertamente, las dimensiones del territorio nacional nos proporcionan amplio margen de maniobra para el desarrollo de nuestras visiones estratégicas, no así el tamaño de nuestra población. La cantidad de población, en relación con la anterior variable, más bien disminuye el valor de la extensión territorial, por cuanto no ofrece la cantidad suficiente de individuos para cumplir las funciones de vigilancia y control del espacio geográfico, indispensables para el esfuerzo de defensa. Pero también hay razones cualitativas, especialmente ligadas a las actitudes que previamente le adjudicamos a los venezolanos, como producto de su carácter festivo y despreocupado generadas por el “estado rentista”. Esta circunstancia le resta a la población el sentido de pertenencia al grupo social y su interdependencia con el territorio patrio, privando su interés por el disfrute de la vida. Pero se trata de una tendencia, nada criticable desde la perspectiva humana. No se puede censurar el deseo de “gozar la vida”. Para algunos es razonable pensar que ese gozo ocurrirá en otra vida y, que nuestro tránsito por la tierra es un camino doloroso para ganarse una gloria eterna. Pero en la realidad todos buscan la satisfacción de sus expectativas en el transcurrir de sus vidas. La cuestión que afecta el desenvolvimiento político frente a una filosofía hedonista, que justifica la existencia, únicamente por el disfrute de la vida (parte del planteamiento neoliberal), es el hecho del egoísmo. Un rasgo humano antinatural pues el avance del hombre es debido a la acción social y no a la acción individual. Es por ello, que ese rasgo cultural de los venezolanos es una debilidad frente a las exigencias de la defensa. Una función que tiende a proteger a la nación en su conjunto y no a los ciudadanos en particular. Por eso no es de extrañar que sus demandas en esta materia se orienten a la seguridad pública –protección de la vida y propiedades del individuo- y no a la seguridad estratégica del Estado (protección a la vida comunitaria). Aún cuando sea cierto que sin la segunda no existiría la primera.

No obstante, aún considerando esta vulnerabilidad, el fin de una ilusión de armonía comentado en el Capítulo previo, ha revertido esa inclinación. El duro choque con la realidad no solamente ha creado el conflicto interno y externo existente, que se ha descrito en las páginas anteriores. Ha inducido graves conflictos interiores en el individuo que lo han llevado incluso a la posibilidad de la confrontación violenta, en la cual no sólo sacrifica sus propiedades y bienestar, sino que pone en riesgo su propia vida. Y eso es lo que ha movilizado a una parte importante de la población a incorporarse al esfuerzo de defensa del Estado, y a otro sector a asumir la posibilidad de convertirse en “quinta columna” en el marco del conflicto global planteado por las llamadas “guerras de cuarta generación”, varias veces mencionadas en el desarrollo de esta obra. Unas circunstancias que incorporan la vida venezolana a la sociedad globalizada. De allí que los primeros defiendan la idea del Estado, sustentado en la noción de patriotismo republicano, mientras los segundos protegen la noción del Imperio sostenida sobre la base economicista del mercado. Los dos planteamientos que definen la dialéctica actual de la política internacional. Este cuadro ofrece el potencial humano necesario para el desarrollo de la estrategia defensiva del Estado.

Obviamente, la disponibilidad de recursos financieros influye sobre todo en el mantenimiento del poder militar venezolano. Si en la guerra de independencia y los conflictos civiles del Siglo XIX, la escasa disponibilidad financiera (más que todo proporcionada por el crédito externo) fue una variable muy importante para el incremento del capital del aparato de defensa -representado por su equipo de combate- las condiciones existentes en la actualidad en esta materia capacitan a las fuerzas militares para mantener un esfuerzo de guerra continuado. Corresponde a un rasgo que favorece la estrategia de “guerra prolongada” que está implícita en el uso de fuerzas irregulares en el conflicto bélico. En ese marco –el de la “guerra prolongada”- la maniobra es diseñada en el eje del tiempo y no en las coordenadas del espacio donde ella se dibuja en el terreno. Es la sucesión de actos militares discretos, en distintos puntos del espacio y no el proceso contínuo realizado en el área de batalla, lo que caracteriza las acciones informales. Configuran operaciones de combate que no tienen como fin la ocupación del espacio geográfico, sino cuyo propósito, como ya se ha señalado, es el de debilitar la voluntad de lucha del adversario para paralizar su capacidad de decisión. Este tipo de conducta militar tiene a su vez un efecto en el deterioro y destrucción de su capital material.

Naturalmente no es despreciable el valor del material bélico en manos de las fuerzas activas para la obtención de una decisión favorable a los venezolanos, que defienden el Estado como una formación social histórica. Una nación resultado de los esfuerzos de muchas generaciones que construyeron el país y unificaron la sociedad. Como ya se sostuvo, éstas no ofrecen gran utilidad para el enfrentamiento de la acción hostíl del adversario. Pero si es un factor de poder militar importante, como complemento a las acciones irregulares de las fuerzas de reserva y de la guardia territorial, dentro de la concepción de la defensa móvil. Un planteamiento que supone la atracción del enemigo a una “zona de matanza” y el uso del contraataque para su neutralización o destrucción. Justamente el esquema utilizado en “Las Queseras del Medio” y en la “Batalla de Santa Inés”. Pero el valor más importante, en una confrontación de este tipo, está en el papel que estas fuerzas jugarían en la contraofensiva general que se desarrollaría, una vez logrado el desgaste del oponente por los mecanismos irregulares. En ese momento sería cuando entrarían en acción las fuerzas militares activas para dar el golpe final al invasor. Un hecho que reproduciría el esquema estratégico que culminó con la “Batalla de Carabobo”.

Hay un factor de poder militar, y más que militar, nacional, que no se ha considerado seriamente en la formulación de las estrategias del Estado para su defensa. Corresponde al potencial existente en la población del país en materia científica y tecnológica. No ha habido un empeño decidido de la nación venezolana para incentivar la investigación y la inventiva en el importante número de ciudadanos con conocimientos y habilidades para realizarla. Hay que hacer en justicia una excepción: el lapso del régimen del “Nuevo Ideal Nacional”. No se trataría aquí de competir con las grandes potencias en el desarrollo de conocimientos y tecnología militares. El esfuerzo a realizarse tendría que ubicarse dentro de la concepción metaestratégica que orienta la tradición defensiva venezolana. Hay un amplio espacio, en ese terreno, para el diseño o la reingeniería de ingenios militares que nos proporcionarían ventajas tanto en las acciones irregulares como en las operaciones regulares a desarrollarse dentro de nuestro diseño defensivo. Y no es solamente, la investigación en el área de las llamadas “ciencias duras” destinada a obtener medios materiales de combate. Es la investigación, también en el campo de la ciencia del comportamiento, de enorme utilidad para la formulación de las estrategias operacionales. El conocimiento antropológico del enemigo permite determinar con exactitud sus vulnerabilidades tanto individuales como colectivas e, incluso, sus debilidades anatómicas y fisiológicas. Por ello, en este paradigma la acción en este campo, reforzaría el poder militar del Estado. Y, como fue señalado al inicio de este párrafo, tal actividad potencia el poder nacional por cuanto los avances en este terreno aumentan la productividad de bienes y servicios de consumo masivo, lo cual implica un crecimiento significativo en lo económico y en lo social.

El Poder Militar del Adversario

Se puede afirmar que el principal agente perturbador de lo que podría haber sido una evolución menos dramática de nuestro proceso de integración como Estado, ha sido la injerencia externa en la vida nacional. Lograda la independencia tuvimos que enfrentar las apetencias del decadente modelo político de la monarquía absoluta. “La Santa Alianza”, aquella coalición de los viejos reinos en declive, levantó preocupaciones en la dirigencia política y militar de la época en nuestras naciones. Un hecho positivo que planteó como solución, la idea de la confederación hispanoamericana. No obstante, salvo en el intento realizado en México, esta amenaza no se materializó en el resto de los recién independizados estados. Lo más insidioso fue la injerencia, inicialmente, del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda y posteriormente de las otras grandes potencias europeas, que se disputaban los mercados en el marco del fenómeno histórico identificado como neocolonialismo. Tal intromisión en los asuntos de los pueblos hispanoamericanos, que incluía al Imperio Portugués radicado en Brasil, estuvo en la raíz de los conflictos internacionales e internos experimentados por los pueblos de esta región en el Siglo XIX. Esas potencias fueron capaces de cooptar gobiernos y segmentos sociales para que actuasen en favor de sus propios intereses en esta área convertida en un espacio geoestratégico. Un Teatro de Guerra, donde indirectamente se disputaban la hegemonía universal las grandes potencias europeas. Fue una situación que cambió al inicio del Siglo XX. Pero esa transformación no fue para bien. Ella lo que produjo fue la sustitución de la injerencia europea por la estadounidense, debido a la acción derivada del Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe ya mencionado. Una forma de conducta que tendió a imponer en el hemisferio una “Pax Americana” al estilo de la “Pax Romana” impuesta por el Imperio Latino de la antigüedad en la región de la Cuenca del Mediterráneo.

Pero si bien la injerencia europea fue de alguna manera tolerada por los pueblos de la región, dado que ella se ajustaba a los conflictos reales planteados por los procesos de integración de estas naciones, no obtuvo igual respuesta la intromisión norteamericana. Ya no se trataba de acciones donde la intervención extranjera balanceaba las fuerzas de los contendientes dentro de los conflictos internos o regionales. Correspondía a intervenciones que desbalanceaban las correlaciones de poder entre los beligerantes para imponer gobiernos sumisos a los intereses de Washington, en perjuicio de las facciones contrarias normalmente materializadas por los sectores menos privilegiados. De modo que desde el inicio de tal injerencia, hubo resistencia. En efecto, desde la acción de guerrillas contra el invasor norteamericano, dirigida por Charles Magne Peralt en Haití (1914) hasta la actual resistencia a la intervención estadounidense en los asuntos internos venezolanos realizada por el gobierno nacional actual, pasando por las ejecutadas por Augusto Sandino en Nicaragua, Jacobo Arbenz en Guatemala o la del Coronel Francisco Caamaño en República Dominicana, la actitud general ha sido de rechazo a esta conducta. Una oposición infructuosa, dada la asociación entre los factores de poder estadounidenses y las élites iberoamericanas que aceptaron como solución la sombrilla defensiva norteamericana para proteger sus intereses particulares.

En la actual situación, cuando existe un fuerte movimiento suramericano, especialmente localizado en la fosa amazónica, por la integración de un poder subregional, como ya se ha expresado en Capítulos anteriores, la acción norteamericana se ha enfocado sobre el Estado Venezolano. Ha sido una conducta perfectamente encuadrada en los rasgos que distinguen, las “guerras de cuarta generación”. Mediante ella, se ha actuado insistentemente en el espacio comunicacional, sin descuidar el uso de la fuerza a través de la formación de una quinta columna interna y de la acción de fuerzas paramilitares colombianas. Frente a ellas, la Fuerza Armada Nacional ha sido capaz de mantener la integridad del Estado. Y, dadas las experiencias previas, las probabilidades son altas, tanto para rechazar acciones formales o informales, provenientes de Colombia, como para mantener el orden interno. Históricamente, Venezuela ha rechazado militarmente con éxito, los intentos de agresión colombianos hacia nuestro país. Entendiendo que en todos ellos ha existido injerencia estadounidense. De igual modo, nuestra institución militar ha sido capaz durante todo el Siglo XX, de mantener la paz entre las clases y estamentos que configuran nuestra comunidad política. Por ello, el poder militar que se debe evaluar es el correspondiente al que se emplearía eventualmente, en el marco de una estrategia directa, por el antagonista real: Estados Unidos de América.

Desde luego, debido a los compromisos internacionales que tiene esta hiperpotencia en la hora actual, no es dado considerar la totalidad de su capital fijo dedicado a la defensa, representado por 8.000 tanques, 6.000 piezas de artillería, 5.000 helicópteros, 74 submarinos, 126 navíos de superficie, 12 portaaviones, 27 cruceros, 52 destructores, 35 fragatas y varios miles de aviones bombarderos y cazabombarderos. Todo esto alimentado por un presupuesto fiscal que para el año 2001, correspondía a la cifra de 290.000 millones de dólares, a lo cual hay que agregarle aproximadamente 600 millones de dólares que gasta mensualmente, fuera de presupuesto, para sostener las actuales operaciones militares que realiza en Afganistán e Irak. En lo que respecta al capital humano tiene 2.6 millones de ciudadanos movilizados, 1.3 millones en las fuerzas efectivas y 1.3 millones en la reserva, con graves problemas para ampliarlo por la resistencia de la población a concurrir a los centros de reclutamiento. En el año 2004, los efectivos alistados fueron treinta por ciento menores que las metas planteadas. Un hecho que ratifica la afirmación previa. Por ello, lo técnicamente aconsejable es considerar las fuerzas que eventualmente podrían asignársele al Comando Operacional responsable de las operaciones en el área Suramericana y del Caribe, cuyo jefe actúa como procónsul del Imperio: El Comando Sur. Una repartición militar, que a la usanza de las capitanías generales del Imperio Español, no sólo tienen responsabilidades en el área castrense, sino que también atienden los aspectos políticos y diplomáticos. En este sentido, una evaluación de las capacidades militares de este comando, lo colocaría con un poder relativo de combate de menores dimensiones que el estimado para el Estado Venezolano. Ciertamente, sus efectivos no pasan de una Brigada de Infantería, reforzada, en caso de su movilización, por el cuerpo de “Rangers”, sin medios navales ni aéreos significativos. No obstante, debe considerarse el nuevo pensamiento militar de esa nación, que tiende a eliminar la presencia física permanente de fuerzas, en sus cinco Comandos Regionales dispersos por el mundo, cuando no hay conflictos en desarrollo, para sustituirlos por bases logísticas, con reservas de materiales suficientes para el apoyo de operaciones continuadas en la región. En nuestro caso, hay que considerar la presencia de bases de este tipo en Leticia y Tres Esquinas (Colombia), Reina Beatriz (Curazao), Hato Rey (Salvador), Roosevelt Roads y Fuerte Buchannan (Puerto Rico), Guantánamo (Cuba) y, Aeropuerto militar de Ciudad de Panamá (Panamá). Todos, sitios desde los cuales se puede apoyar una significativa formación militar conjunta para actuar sobre el hemisferio, la cual al menos contaría con un grupo de batalla naval conformado alrededor de un portaaviones y con un máximo de tres divisiones de combate terrestre, apoyadas convenientemente con medios aéreos. A eso, tiene que agregársele sus enormes capacidades científicas y tecnológicas en el campo de la telemática que incluyen hasta el desarrollo de soldados robot.

Balance Conclusivo

Las apreciaciones del poder relativo militar de los beligerantes realizadas en los dos párrafos previos, en la cual se omitió deliberadamente las capacidades nucleares del agresor, deben estimarse en su justo valor. Con ellas se podría llegar a una conclusión que nos colocaría el cuadro estratégico como paritario. Las evidentes ventajas materiales del ofensor estarían compensadas por la superioridad de las fuerzas morales de la nación. Una supremacía que se fundamenta en el evidente renacimiento de lo que pudiese llamarse el “espíritu nacional” en una mayoría de los venezolanos. Positivamente la actitud mostrada por semejante conjunto de compatriotas y por las fuerzas militares activas frente al golpe de estado del 11 de abril de 2003 y el paro empresarial de diciembre de ese mismo año tenderían a confirmar la anterior afirmación. Hubo una determinación de defender el gobierno y, con ello el Estado, mediante el uso de la fuerza que indiscutiblemente revela la existencia de esa energía moral que anima la voluntad de existencia de los pueblos. Un impulso que indudablemente tiene el potencial de transformarse en un poder de acción. La capacidad de transformar realidades de acuerdo a un propósito (“acción teleológica”), que en el caso del conflicto, según las teorías más actuales, se mide más por la capacidad de soportar castigos para alcanzar los fines propuestos, que por la de infringirlos. Fueron estos eventos los que permitieron romper la barrera artificial creada por el positivismo que separaba al mundo militar, concebido como casta, del civil pensado como masa a la cual hay que ordenar, incluso por la fuerza de la represión, hasta con apoyo foráneo, para alcanzar el ideal del “progreso”, posteriormente substituido por la metáfora del “desarrollo”.

Pero teóricamente tales estimados tienen una alta proporción de error. “La teoría de la mala percepción” nos enseña que siendo la guerra una polémica donde tanto el discurso como las acciones de los beligerantes son signos de lenguaje mediante los cuales se realiza la intercomunicación entre ellos (la negociación), como ocurre en toda comunicación (“acción comunicativa”) puede ser mal interpretada por las partes. Las diferencias culturales generan semánticas distintas que conducen a la mala interpretación de los mensajes transmitidos mutuamente e, incluso, entre sus aliados actuales y potenciales. Un hecho al cual hay que agregarle “el ruido” generado por el entorno, especialmente por los restantes actores del sistema internacional, que distorsiona las señales emitidas por las partes del proceso comunicativo. En ese caso, casi resulta evidente que la metaestrategia adoptada por el ofensor esta sustentada en el pensamiento liberal del filósofo apologético de la guerra Max Scheler, quien apoyado en la teoría evolucionista, con el carácter competitivo en las relaciones entre los seres y la especies, sostiene el derecho de los estados más fuertes al empleo de la fuerza –la cual tiene su propio derecho– a imponer su orden que expresa el más alto grado de evolución de la especie humana en el momento. Dentro de esta concepción la guerra es el “supremo tribunal” que decide la estructura del sistema internacional en un momento dado. Por ello, considerando que tal orden es definido a fin de cuentas por el avance científico-tecnológico, es el “genio” de los pueblos lo que le proporciona la autoridad moral para decidir sobre la vida política de la humanidad. Y semejante decisión la impone, aún por la fuerza. Es una metaestrategia que considerando al Estado como una unidad vital de orden superior, aplica el evolucionismo biológico, por lo cual los pueblos deben sentirse agradecidos si un Estado más fuerte –y esto en su proposición quiere decir más digno– se apodera de lo nuestro. Dentro de este pensamiento la conquista y reorganización de otras comunidades es la función vital por excelencia del organismo político.

Y en ese orden de ideas, un enfoque histórico concebido desde la respectiva evolucionista –y el materialismo histórico tal como fue formulado es uno de ellos– le daría la razón a este planteamiento metafísico. Sin irnos a una cronología que muestre que efectivamente los pueblos más avanzados han conquistado a los menos aptos para formar imperios, se podría afirmar que la nación anglosajona americana, constituida en Estado, por decisión del tribunal de la guerra, ejerciendo el derecho que le proporciona la fuerza, es actualmente la forma de asociación más evolucionada que tiene la humanidad. Ciertamente, parece como indiscutible que esa comunidad política ha sido capaz de imponer su modo de vida –el “american way of life”– en todo el planeta. Casi no hay un sitio en el mundo donde no exista un McDonald o no se venda Coca Cola. Indicadores básicos del proceso de aculturación. De modo que la percepción sobre una posible paridad en los poderes relativos de combate, resulta falsa a pesar de los indicadores en los cuales se sostiene. Un error que se afianza en el hecho mediante el cual se comprueba que la mayoría de esa sociedad respalda a la facción política interna que sostiene esta tesis y la ha puesto en práctica exitosamente a lo largo de un siglo. De modo que, como lo hace un número no despreciables de venezolanos, deberíamos estar agradecidos porque ese pueblo más digno que el nuestro, complete el proceso de conquista de nuestro país –llevado hasta ahora pacíficamente- se apodere de lo que ha sido nuestro a fuerza de lucha y trabajo para imponer su “democracia”, con el neoliberalismo económico como substrato, que en el marco de ese enfoque es la forma más evolucionada de estos seres metavivientes que son las comunidades políticas.

No obstante, tal enfoque histórico olvida el efecto de la entropía. Y si bien es cierto que su fundamentación tiene un cierto de validez, también lo es que la imposición del orden por parte de la potencia dominante genera un desorden derivado del cambio de estado experimentado por la materialidad social. El caso del auge y caída del Imperio Romano ha sido paradigmático para apoyar la tesis que ha sostenido, algunas veces no de manera expresa, el impacto de la entropía como producto de la acción renovadora en los sistemas políticos, incluyendo el sistema internacional. Se vio en este suceso como la acción del sector menos desarrollado de aquel imperio, conjuntamente con la de los pueblos llamados “bárbaros” por el grupo etnocultural dominante, derrumbaron aquel centro de poder que parecía inexpugnable. Un hecho que se repetiría incansablemente en la historia en casos como el derrumbe del Imperio Español, el correspondiente al Imperio Napoleónico, el de él Británico más recientemente él del Imperio Soviético. En todos estos casos la resistencia pacífica de los dominados, combinada con el desarrollo de guerras asimétricas, que agregaban los residuos indómitos al nuevo orden fueron los instrumentos para la destrucción de estas formaciones políticas. Se podría afirmar que el surgimiento del Estado Venezolano es producto de esa dinámica.

Una mecánica que parece estar funcionando en la actualidad en el caso del Imperio Anglosajón Americano. El suceso de la liberación de Viet Nam es emblemático para indicar su presencia en la actualidad. No por el simple hecho de la consecución de la independencia del pueblo vietnamita, sino porque ello reveló la existencia de un significativo “proletariado interno” estadounidense, resistente al orden vigente, y organizó al sector más perjudicado del “proletariado externo”, representado por el grupo de los No Alineados. Uno de los papeles fundamentales de la guerra: la organización de los beligerantes. Algo que al parecer tiende a acentuarse después del acto unilateral de la invasión a Irak, que ha incluido dentro de esa resistencia al Imperio a las Grandes Potencias que se habían subordinado a la voluntad de Washington. Empero, no se ha considerado todo el potencial militar estadounidense. Su componente nuclear ha sido deliberadamente excluido del examen de su poder relativo de combate. Pero ello no fue un desprecio a esas capacidades. Fue, aparte de que ello representaría la generación de una situación totalmente diferente, la consideración sobre la irracionalidad de su empleo. Ciertamente, su utilización es un suicidio general de la humanidad, pues la escalada que se originaría por una decisión de esta naturaleza, produciría la destrucción total de la biosfera. Al parecer es cierta la afirmación que considera a estas armas como una “vacuna contra la guerra”.

Y a esa inmunización se le debe el avance notable de un esfuerzo, que contrario a la guerra, se había venido desarrollando por lo menos desde el Siglo XVII, teniendo como referencia fundamental el pensamiento de Hugo Grocio sustentando en la tolerancia a las ideas contradictorias y expresado en el Derecho Internacional Público. Sobre esa base ha venido evolucionando la organización mundial hasta que se institucionalizó en la ONU. Un evento histórico, en cuya generación jugó un papel significativo la presencia de las armas nucleares y su terrible efecto destructivo. Se podría decir, apoyando a los evolucionistas, que este ha sido un camino paralelo en el ascenso de la humanidad. No obstante, como se puede verificar, los avances en este proceso han estado sujetos también a la entropía. Algo que refuerza la idea de que lo natural es el desorden, siendo el orden un hecho momentáneo, tal como lo prevé la teoría del caos, producto de una circunstancia azarosa. Desde esta óptica recobran valor las estimaciones contenidas en los párrafos anteriores, lo cual le proporcionaría a la acción defensiva venezolana la misma probabilidad de ganancia que a la ofensiva del Imperio.

Dentro de todo este esfuerzo la conceptualización que se ha hecho a lo largo de este texto, resulta obvio que la guerra no es una lucha por la existencia de los estados y, con ello, de las naciones que personifican. Ese ha sido el enfoque tradicional que se le ha dado en el pensamiento relativo a la seguridad estratégica de las comunidades políticas. La guerra es para algo superior: el poder (soberanía) y por lo que de él depende y con él coincide, la libertad política. Sin dudas, es verificable que cualquier ente que ostenta un poder relativo superior a su congéneris tiene mayor independencia que ellos. Pero también es verificable, especialmente dentro de la especie humana, que esa mayor autonomía desata la resistencia de los más débiles, pero numéricamente superiores, que equilibran el desbalance existente. Por ello, la racionalidad ha pensado que como antitesis de la guerra, se encuentra el reparto equitativo del poder, que no quiere decir la distribución igual de esta variable. Dentro de esa lógica se ha desarrollado naturalmente la concepción de la multipolaridad, que tiende a distribuir, a pesar del desarrollo desigual de las civilizaciones el poder entre centros que focalizan la fuerza de los pueblos que comparten un ambiente cultural más o menos homogéneo. Es sobre la base de esta tendencia, que inevitablemente lleva a la guerra entre estos centros de poder, que dentro de la inclinación hacia la organización del sistema internacional se ha desarrollado el multilateralismo. Una forma de relación cooperativa mediante la cual los pueblos, en el marco de foros políticos supranacionales, tratan de regular las relaciones entre los actores que configuran el sistema internacional. Es en este marco donde ha surgido la idea del Derecho Internacional, que incluye el derecho a la guerra y el derecho en la guerra. De allí que el conflicto planteado para los venezolanos, enfrente el derecho a utilizar su poder (soberanía) para organizar su propia vida a fin de alcanzar los fines que se ha impuesto como consecuencia de su propia tradición cultural.

También en el contexto de esa conceptualización ha podido validarse la tesis que sostiene que la guerra no es un simple enfrentamiento de fuerzas físicas. Es principalmente un enfrentamiento de voluntades. Lo cual la coloca básicamente en el terreno psicológico. De modo que, es la conducta de los individuos en las sociedades, motivada por su interés en la preservación del grupo y en el dominio del territorio que le sirve de sustento, lo que define el poder real de los contendientes. El logro de la cohesión social, como ya se ha señalado, y el sentido de interdependencia con el espacio donde se vive, en donde se desarrolla la voluntad de lucha. Una determinación que es de carácter colectivo y no individual, pues no se trata del asesinato de individualidades. Corresponde a la necesidad de preservar el género que representa la formación social histórica dentro de la cual cada individuo se ha realizado, sustentado por el dominio común del suelo donde ha transcurrido su devenir. Por ello, en nuestro pensamiento militar actual se sostiene que la defensa del Estado, como expresión jurídico-política de la nación, es una responsabilidad compartida por todos los venezolanos, incluyendo el gobierno del Estado y la institución que formalmente cumple esa función social manifiesta.

Al aceptar el fenómeno bélico es esencialmente una conducta que se expresa en el terreno psicológico, se tiene que concordar que el mecanismo de acción fundamental, es el terror. No se va a argumentar aquí lo que teóricamente y prácticamente resulta indudable. Basta con reproducir aquí el razonamiento que sobre el tema realizase el pensador alemán tantas veces mencionado, Karl von Clausewitz. “Muchas almas filantrópicas (“pacifistas”) imaginan que existe una manera artística de desarmar o derrotar al adversario sin excesivo derramamiento de sangre y que esto es lo que se propondría lograr el arte de la guerra. Esta es una concepción falsa que debe ser rechazada, pese a todo lo agradable que pueda parecer. En asuntos tan peligrosos como la guerra, las ideas falsas inspiradas en el sentimentalismo suelen ser las peores. Como el uso máximo de la fuerza física no excluye en modo alguno la cooperación de la inteligencia, el que usa esta fuerza con crueldad (como por ejemplo la utiliza actualmente EE.UU. en Irak) sin retroceder ante el derramamiento de sangre por grande que sea, obtiene la ventaja sobre el adversario, siempre que este no haga lo mismo. De este modo, uno fuerza la mano del adversario y cada cual empuja al otro a la adopción de medidas extremas cuyo único limite es el de la fuerza de resistencia que le oponga el contrario” (palabras entre paréntesis de la redacción de la obra). (“De la Guerra”, Buenos Aires, Ediciones Mar Océano, 1960, p10). Por ello, los venezolanos deben tener conciencia que la eficacia de la defensa militar que aquí se plantea depende en gran medida, del grado de terror que se logre imprimir en la mente de los combatientes adversarios. Se debe recordar, que en nuestra guerra independentista esta condición se desarrolló al máximo, especialmente después del “Decreto de Guerra a Muerte” emitido por el General Simón Bolívar en el desarrollo de la llamada Campaña Admirable, cuya dirección táctico-estratégica estuvo a su cargo (Trujillo 1813). No se debe confundir el carácter pacífico del pueblo venezolano que está en el sustrato de nuestra metaestrategia, con las posiciones pacifistas, más de carácter utópico que científico.

En la realidad no ha estado equivocado el pensamiento antes esbozado del filósofo liberal de la guerra Max Scheler, quien la concibió como un juicio. Otros autores la han pensado como un examen riguroso para los estados. Estrictamente esta consideración, a la luz del paradigma científico actual, no sería admisible, dado el carácter posibilístico que tiene la prospectiva del momento. Sin embargo, la situación existente, que de hecho configura una “guerra de cuarta generación”, es una prueba de la voluntad de los venezolanos para defender su patrimonio histórico y geográfico. De modo que, si para algo ha de servir el texto que concluye con estas líneas, es para hacer un examen de conciencia, especialmente entre aquellos que tienen como oficio el ejercicio militar. Se debería hacer una introspección sobre la disposición de todos a defender esa voluntad, manifestada en el documento transcrito en el Capítulo I y desarrollada por los padres de la patria. Una acción que hizo posible convertir aquella población heterogénea existente en 1810 en una nación, y de aquel espacio dominado por la Capitanía General de Venezuela, agente militar del Imperio Español, en un país, que gobernado autónomamente se convirtiese en Estado soberano. Una comunidad política que logrará con una vocación clara orientada al ascenso humano, obtener la realización de sus ciudadanos.